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lunes, 23 de julio de 2018

Oligarquías conspiran contra República Dominicana y Haití

Una vez abolido el tutelaje colonial de la isla, las élites oligárquicas de República Dominicana y Haití, históricamente han actuado exclusivamente en defensa de sus intereses y en detrimento del desarrollo de la vida de las poblaciones más vulnerables de los dos países.
Esta actitud aparece en cada coyuntura del discurrir histórico cuando los pueblos han necesitado del concurso de las dos sociedades para salir adelante con las metas nacionales.
Las costumbres coloniales, que desde el siglo XVl promovieron las guerras marítimas que dieron origen al corso y los corsarios, los bucaneros y filibusteros, las oligarquías isleñas de hoy apuestan al caos como forma de seguir expoliando las riquezas de las dos naciones.
En los tiempos previos a la fundación de las dos repúblicas, no solo fueron los estados colonialistas los que impulsaron esa guerra comercial marítima, sino que el sector privado y la iniciativa personal se abrieron paso en el nuevo escenario, originándose grandes empresas comerciales y asociaciones pre capitalistas.
El surgimiento de estos grupos privados comerciales y empresariales no constituye el pecado. Los sectores oligárquicos dueños de tierras, de las cadenas de comercio y de las empresas han carecido de una conciencia nacional de desarrollo.
Juntamente con la guerra comercial nació el contrabando, actividad que se facilitaba por los engorrosos sistemas administrativos que implantó España en sus posesiones en Santo Domingo español.
El contrabando prostituyó a pobladores y comerciantes de las colonias inglesas, francesas y holandesas, a tal extremo que los barcos españoles que venían de América se las ingeniaban para hacer arribos forzosos, alegando averías como forma de tocar puertos extranjeros para supuestos rescates.
Una vez en los muelles, aprovechaban para intercambios de chucherías europeas por el oro, la plata, la perla, la esmeralda y por productos de la isla por los que pagaban una pequeña cuota, en detrimento de las arcas de la Corona española.
“La acción de España contra el corso, el contrabando y el filibusterismo fue constante y se prolongó más de dos siglos. Una de las primeras providencias tomadas consistió en prohibir que se hiciesen escalas en puertos de colonias extranjeras y en disponer que las licencias de viaje se diesen con sujeción a minuciosos registros de las cargas para indios y españoles”, refiere en su “Historia de la cuestión fronteriza dominico-haitiana” Manuel Arturo Peña Batlle, página 33.
Como puede apreciarse, desde entonces los intereses privados se antepusieron a los del Estado español.
En la parte española, el 6 de agosto de 1603, Felipe III dictó una cédula y provisión fechada en Valladolid mediante la cual ordenaba al gobernador y capitán general de la isla, Antonio Osorio, las despoblaciones de “La Yaguana, Puerto de Plata y Bayahá”, para hacer frente al comercio ilegal con sus vecinos, una medida que el tiempo demostró su inutilidad, a pesar de las advertencias de distinguidos ciudadanos y autoridades municipales.
Desde entonces, los dos estados y el sector privado entraron en una lucha feroz de intereses que se ha prolongado hasta nuestros días.
Después de proclamada la Independencia en las partes oriental y occidental de la isla, ambos estados pasaron por procesos de debilitamiento económico, pero de manera más acentuada en la República de Toussaint Louverture. En ambos lados, los intereses económicos mandan.
No solo el Masacre se pasa a pie
El declive económico y luego la desaparición del Ejército en Haití en la década de los noventa, junto al empobrecimiento de las instituciones, son los principales factores aliados a los propósitos de las élites políticas y oligárquicas del vecino país en su objetivo de extensión territorial a costa de República Dominicana, pues con el comercio y los negocios se cuela el tráfico de indocumentados y de todo tipo de actividad irregular.
La ocupación haitiana del territorio dominicano, vía la fuerza militar, tuvo sus últimos intentos en las décadas del 60 y siguientes del siglo veinte cuando los haitianos fueron derrotados por los patriotas restauradores después de múltiples escaramuzas fracasadas, lo que consolidó la independencia dominicana.
Después de muchas tentativas por ocupar los territorios dominicanos, esas intenciones se trasladaron al marco de las negociaciones de tratados y acuerdos binacionales.
Desde hace poco más de cinco décadas, la ocupación del territorio nuestro no ha cesado, sin que las políticas migratorias aplicadas hasta ahora hayan surtido efectos contundentes para detener la hemorragia de indocumentados haitianos y de otras nacionalidades cruzando y burlando los controles, que cuentan con las complicidades de civiles y militares.
Además de los ojos de las autoridades migratorias y los de ciertos soldados de Ejército criollo, los perros realengos de la franja fronteriza son testigos de la riada haitiana que noche por noche cruza los puntos fronterizos a fin de alcanzar el suelo donde cifran sus esperanzas.
Los canes que merodean los caminos vecinales flanqueados de cactus y guasábara en el lar vernáculo, con sus ladridos en las madrugadas, dan testimonio de que no solo por el Masacre de pasa a pie. Es una situación recurrente que escapa a la voluntad de los jefes militares de turno.
Cuando Haití tuvo poder de fuego, el territorio dominicano fue objeto de incontables incursiones -exitosas y fallidas-, guerras en las cuales porciones importantes del territorio de la República Dominicana quedaron finalmente en manos de Haití, como San Rafael, Las Cahobas, Hincha y San Miguel de la Atalaya, entre otros.
La inestabilidad política, las permanente crisis económica y la falta de seguridad jurídica en el territorio occidental de la isla es un aliciente para que los haitianos pobres se sientan movidos a buscar lo que todo ser vivo procura: seguir viviendo. Esa sobrevivencia en Haití es cada vez más remota.
Desde que Haití recobró su independencia, los esfuerzos desplegados por los distintos gobiernos por crear una nueva fisonomía con una sociedad haitiana eficiente, ordenada y progresista no se alcanzaron. No para pocos estudiosos de la realidad del país caribeño, después de mediados de siglo, la presión de parte de millares de negros sin instrucción, fue que hizo que las instituciones haitianas sucumbieran y  adoptaran un nuevo carácter.
Los líderes políticos y empresariales de Haití poco han hecho a los fines de introducir reformas a las instituciones públicas. Desde la primera invasión norteamericana de 1915, Haití no registra cambios significativos.
Con la desaparición de los grandes líderes mulatos y negros que dirigieron la epopeya independentista y abolicionista de la esclavitud, Haití ha tenido escasísimos modelos de liderazgos en todos los ámbitos, que sirvan de ejemplo en los cambios de costumbres y usos.
La violencia como método para alcanzar conquistas sociales ha sido la constante en la historia de Haití, azuzado por las oligarquías y la clase política.
Las crisis políticas, económicas y sociales haitianas tienen su origen, pues, en la ausencia de un liderazgo visionario, responsable y con voluntad que impulse un proyecto de desarrollo, bajo la sombrilla de la unidad de todos los sectores. Ese vacío es aprovechado por la oligarquía haitiana cuya única meta es la acumulación originaria.
Por Rafael Núñez ;-
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