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martes, 11 de julio de 2017

Invasión

La penetración desbordada y sin aparente control oficial de indocumentados haitianos a territorio dominicano, no es mera ilusión ni producto de un prejuicio racial exagerado, sino una  preocupante realidad que con urgencia y responsabilidad el país tiene que encarar. La indiferencia, la complicidad o la irresponsabilidad de cada dominicano frente a un problema migratorio ancestral en aumento constante - pero que ahora ha llegado a un punto en el que se ha escapado de las manos y de toda línea de prudencia- es lo peor que nos pueda pasar como nación.
Sin que forme parte de apologías patrioteras y sin que haya hachas politiqueras que afilar, se puede afirmar a viva voz que cada dominicano que ignore el peligro inminente que representa la invasión pacífica descarada de haitianos ilegales a nuestro territorio, podría pagarlo muy caro. Juegan con candela -en perjuicio propio y de todos los nacidos en esta tierra- los que, ya sea por falta de conciencia o por responder a intereses o a agendas internacionales, abogan por una política de fronteras abiertas, y porque las dos partes de la isla nos convirtamos en una sola cosa, ignorando las diferencias de cultura entre los dos pueblos, y la dignidad e independencia nuestras. Que veamos a una haitiana defecando en plena calle y el que un nacional del vecino país le cercenara las dos manitas a una niña  dominicana  son cosas condenables y muy lamentables que pasen, pero que ya no son raras ni empatan, por cuanto en los pueblos fronterizos donde la penetración de indocumentados es masiva, ocurren situaciones mayores, con gran frecuencia. Y se habla, se denuncia -y se ven en motores y en largas filas, unos tras otros- de todo un tráfico masivo de haitianos sin documentos, pero no se sabe del primer traficante apresado por las autoridades. Más que una cuestión del Ministerio de las Fuerzas Armadas o de la Dirección de Migración, cuya efectividad y acción en defensa del interés nacional en este momento están muy, pero muy cuestionadas, hay un asunto de voluntad política, que debe y tiene que manejar -enviando señales concretas, resueltas y contundentes- el propio presidente de la República, Danilo Medina. No se trata de un juego ni de una campaña solo en fotos y videos, sino de algo ya muy serio, real y peligroso que urge afrontar como tal (¿).
Por Luis Encarnación Pimentel ;-