jueves, 31 de marzo de 2016

Presos sin justicia

DOSSIER DE INVESTIGACIÓN
DE 8,023 PERSONAS ENCERRADAS AQUÍ, 6,064 ESPERAN POR JUICIO, ALGUNOS VARIOS AÑOS 
En cada flanco de la parte frontal, una pequeña estatua de la Virgen María y otra del Corazón de Jesús reciben a los nuevos internos en la Penitenciaría Nacional de La Victoria. Cada imagen está colocada casi sobre los escudos pintados en la pared de la Policía Nacional y otro del Ministerio Público y de la Dirección General de Prisiones. Arriba, en el techo, tres mástiles, uno ocupado por la Bandera Nacional y otro por el de la Policía, completan la fachada principal de la vieja fortaleza. El otro mástil siempre está vacío.
Al cruzar la reja corrediza de metal y la caseta de control, de frente, a mano izquierda, están el almacén y un dispensario de botellones con agua. En el segundo piso la oficina del Economato, el despacho del coronel Marino Carrasco, el jefe de la seguridad y el oficial de mayor rango de la prisión; y la oficina del alcaide Gilberto Nolasco, la máxima autoridad del penal, el área de registro y de la administración. En el extremo izquierdo está el cuartel donde duermen los policías, y en el ala contraria, a la derecha, la oficina de recursos humanos de la Policía, Asuntos Jurídicos y el cuartel de oficiales.
Al 2 de marzo pasado, la población exacta de internos de La Victoria era de 8,023, de los cuales 6,064 estaban en calidad de “presos preventivos”, un 75% del total de internos al 29 de febrero pasado según la Dirección General de Prisiones. Incluyendo a 282 extranjeros en el penal, el número de personas excede en 300% el espacio que puede ocupar por metro cuadrado de la prisión, que llega a 4,587 m≤.
La Victoria vista desde el aire: se observa un huerto
en la parte Norte, un "play" al centro, la parte
administrativa arriba (Este) y "Los Galpones" (arriba,
a la extrema derecha), la única estructura separada.
Para el 29 de febrero, 24,967 personas guardaban prisión en alguno de los 39 recintos penitenciarios del país, 19 del modelo tradicional y 20 del nuevo modelo, según datos confiados a LISTÍN DIARIO por Prisiones. 1
Después de México, la Penitenciaría Nacional de La Victoria es la segunda más poblada de América Latina de acuerdo con Prisiones, que además señala que en República Dominicana, la proporción entre personas detenidas y número de habitantes del país es de 248 por cada 100,000 personas (231 de acuerdo con el International Centre for Prison Studies, ICPS, una organización dedicada al estudio del estado penitenciario mundial).
La cárcel tiene 12 pabellones y otras áreas bien identificadas: “Alaska”, el “Consulado” y “Los Galpones”, en el ala Sur; y el pabellón de los “Enfermos” o “Área Médica”, en el ante-patio; los “Pasillos”, desde la A hasta la F, “Vietnam”, numerados del 1 al 8, pasando el Patio, y el “Hospital”, y dentro de ésta “Las Malvinas”, en el extremo Norte. 2
Todos los pabellones pueden verse desde lo alto de una torre erguida en el centro del penal como un gigante abandonado. Una escalera de metal, ubicada en lo que alguna vez fue el mismo centro de la fortaleza es el único acceso al lugar, y tan vieja que sus tres últimos peldaños, oxidados y roídos, crujen con el peso del que debe subir para vigilar la Penitenciaría desde esa posición cuando llega la noche. Es un espacio maloliente y pequeño; oscuro y sucio. Abajo se ven las áreas comunes que pertenecen a cada pabellón, el laberinto de pasillos, el túnel que conduce del patio principal a la zona suroeste de la prisión, los toldos que cubren los pequeños negocios y la marea multicolor de internos, muchos de ellos semidesnudos, deambulando de un lado a otro como en una pequeña ciudadela.
Desde la torre también se ven, camufladas, las dos viejas ametralladoras M-60 que protegen desde el segundo piso el cielo de La Victoria, las poderosas “tumba-aviones”, según Brand, el oficial que junto a Peralta, el custodio de turno, observa la aparente tranquilidad del mediodía, algunos metros más abajo.
Una vista del patio principal del penal desde
la torre de vigilancia.
Una pelea en el “Hospital” confirma la permanente tensión que se vive en el penal. Uno de los internos involucrados es traído esposado a la entrada principal de la fortaleza, donde hay un recibidor, la casa de guardia principal, una suerte de carceleta, y la escalera al segundo piso. El hombre se envalentona, levanta la voz y se queja porque según él, siempre paga sus deudas en el juego y esta vez su contrincante no le quiere pagar, y que por eso lo golpeó. Ramírez, el policía, que lo trajo, le explica al coronel Carrasco la razón de por qué lo condujo de esa forma: “¡Si está así, esposado, imagínese si lo tengo libre!”. Pero Carrasco ya ha decidido qué hacer con él: “Se va de aquí”, sentencia, porque es uno que da problemas.
Horas antes, Carrasco comentaba que a las 6:00 de la mañana ya se están contando a los que van a la justicia. Va y viene la gran mayoría; en los nuevos ingresos nunca, o casi nunca, pasan de 40. Cuando más llegan a la prisión es en los meses de Navidad y el 60 por ciento lo hace por homicidio y por drogas según el oficial, pero “todos los peligrosos están identificados”.
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Los internos “salían al patio nada más que a matar gente”, dice el teniente Demetrio Guzmán, pródigo de memoria, al recordar los años en que la Penitenciaría podía recorrerse entera por el pasadizo de celdas que se comunicaban, sucesivamente, una con otra. Empezaba en los “Pasillos” y terminaba en el “Hospital”. Guzmán lo sabe porque fue integrante de los “cascos negros” y agente de operaciones especiales de la Policía cuando ambos cuerpos eran los que hacían los allanamientos y enfrentaban los motines en La Victoria. Era la violenta década de los noventa.
Entonces el patio se dividía en dos por una verja: de un lado los “buenos y del otro los malos”, del lado del play (en la parte occidental de la prisión). “Si uno saltaba, los malos le entraban a puñaladas”, dice Guzmán, que también recuerda a “Danny 45”, uno de los reclusos más célebres de La Victoria, un hombre “bajito” que afuera tenía un “coro de más de 300 hombres”, así de poderoso, que murió por esos años en una revuelta que acabó en su contra y que se llevó de paso a “Boca Chula”, su amante en la prisión según el oficial.
A la derecha, un joven aparece en la entrada
de su "goleta", el lugar donde duerme.
“Ese día nosotros llegamos como a las cinco y pico, pero ya tenían quince días en ese asunto”, agrega Guzmán, casi confiando un gran secreto. Treinta equipos de intervención tuvieron que hacer falta para contener a los internos que aprovecharon el momento para vengarse del temible hombre. Él y “Papo el Necio” eran de los criminales más avezados. Al segundo, “que mataba policías”, lo asesinó el mismo cuerpo del orden, tiempo después en una calle de Puerto Plata.
La primera referencia histórica de la Penitenciaría Nacional de La Victoria aparece registrada en el Archivo General de la Nación, en el tomo 2 de “La Era de Trujillo, cronología 1930-1961”, de Fernando Infante (Ed. Collado 2007), que reseña la entrada de una información del periódico El Caribe, del 4 de abril 1951.
“Un nuevo penal se construye en el poblado de La Victoria, que tendrá capacidad para 11,176 (sic) reclusos de ambos sexos, y para 120 guardianes y miembros del personal administrativo. La cárcel modelo tendrá un costo de 750,000.00”. (Pág. 16, cols. 1-3). La nota parece errar en la capacidad, porque la misma señala párrafos más adelante que las celdas para hombres podrán albergar a 978 reclusos hombres y a 188 mujeres (1,166 en total), y porque a través de los años, repetidamente, se ha dicho que la prisión fue construida para dar cabida a alrededor de mil internos.
Tampoco aparece en los registros (por lo menos no en la cronología de Infante hasta 1954) la fecha exacta de la inauguración de la obra, aun cuando la información de El Caribe señala que “el trabajo va a ritmo acelerado, toda vez que el plazo fijado para la entrega de la obra (que aparentemente no tiene una placa visible de fundación o se perdió a través de los años) es de no más de quince meses”, lo que, de cumplirse fielmente el propósito, se trataría de julio de 1952.
“Los pabellones para celdas estarán dispuestos radialmente en un octágono. Se informó que esta disposición permite una buena orientación de los mismos en ciertos casos, especialmente en cuanto a una mejor vigilancia y distribución de los reclusos, y además acorta la distancia a recorrer para llegar de un pabellón a otro”, dice la nota de El Caribe.
Amanecer. Un grupo de internos se asea en
el "Patio de los Huérfanos", al fondo del penal,
apenas minutos después de que se abrieron
las celdas.
La información detalla que a la estructura se le concede la ventaja de que deja un patio con área suficiente para una fácil vigilancia de los internos con una sola torre de control, situada en el lado que mira hacia la puerta de prevención situada al Este. El penal constaba entonces con cuatro tipos de celdas: una con capacidad para 90 internos en una medida de 33 metros x 6 (más larga que una cancha de básquetbol, aunque más estrecha); una para 45 internos en una medida de 19x6 m, una para cuatro internos de 4x6 m, y unipersonales de 2x3.5.
Ahora, una celda, como mínimo, tiene cuatro internos, en los exclusivos “Pasillos B”. Antes tenían cabida para dos pero tuvieron que hacer espacio debido al hacinamiento. La más grande (como las creadas originalmente) está en los Pasillos “5-6”, donde duermen hasta 800 internos. En “Alaska” las celdas miden entre 10 y 12 metros cuadrados (la mitad de una cancha de tenis), para un promedio de 25 personas.
Para octubre de 1950 (diez años antes, en 1940, el total de presos era de 498: 480 hombres, 18 mujeres, 451 dominicanos, 47 extranjeros, 204 analfabetos según la cronología de Infante), la población nacional era de 2,126,063 habitantes, para una densidad de 170.1 por kilómetro cuadrado. El año en que empezó a construirse La Victoria, 1951, murió María Montez, Héctor Bienvenido Trujillo fue postulado a la presidencia de la República, se discutía el tema del divorcio en el país y, se estableció por decreto el juego de las quinielas.
En 1952, cuando debió haberse inaugurado el penal, llegó al país el mexicano Pedro Vargas; se colocó la primera piedra de la Basílica de la Altagracia en Higüey; se dictaron cinco años de prisión a cinco integrantes de la “secta proscrita Testigos de Jehová” que se negaban a hacer el servicio militar obligatorio; República Dominicana se preparaba para ser la cuarta nación latinoamericana en tener televisión y las provincias empezaban a prohibir que las personas caminen descalzas y el gobierno obligaba al país a instalar inodoros en todas las viviendas.
Una de las personas que más sabe del penal y cuyos conocimientos están plasmados en varios libros de su autoría, es el abogado y periodista Santiago de la Cruz, de 63 años, catedrático en la Universidad Autónoma de Santo Domingo y vecino, toda la vida, del distrito municipal de La Victoria. 3
De la Cruz recuerda que un tío suyo le contó que el artífice de la fortaleza fue un ingeniero de apellido Bonelly. Otra persona, un enfermero del penal, Mario Calvo Román, le dijo algo más que otro enfermero-policía, de apellido Montero, terminó por confirmarle para sus investigaciones: El dictador mandó a encarcelar al ingeniero porque puso la puerta principal de la penitenciaría por la parte de atrás. “Trujillo era un hombre muy acucioso y revisaba bien las cosas”, afirma el catedrático. “¡Entonces la cárcel tiene la entrada en la parte de atrás! Coronel, ódijo el dictador según supo De la Cruzó, tranque al ingeniero para que aprenda a hacer las cosas bien hechas”.
Sobre la inauguración del penal, De la Cruz dice que se produjo en el 52, y que no se demoraron mucho haciéndola. Y está convencido de que la cárcel fue “un centro donde se masacraba a las personas”, y que la “época de barbarie”, en la que no se puede cuantificar cuánta gente murió, fue la Era de Trujillo.
Hábito. Tres personas conversan en uno de
los pasillos dentro de una celda. 
“Si nos propusiéramos realizar un inventario para escoger a los comandantes más crueles que tuvo la Penitenciaría, creo que el de todos los tiempos fueron el coronel Horacio Frías, Alcántara (el primer comandante del penal) y también el coronel Pérez Naut y Dante Minervino. De estos señores se dicen barbaridades que los degradan en su condición humana, pues la crueldad acerca mucho a las personas a seres inferiores de racionalidad, muy cercana a épocas poco evolucionadas de la historia de la humanidad”, dice De la Cruz.
“Quizá ahora es más tranquila”, compara De la Cruz a la cárcel, con los años de la Era. “La Victoria era un campo de tortura y se podía equiparar con los campos de concentración nazis... Fue hecha para la perversidad de Trujillo”. El periodista dice que había túneles por debajo del penal, por donde hacían caminar a los internos hasta un punto en el que caían por unas fosas. En esta cárcel estuvieron recluidos todos los que participaron en el complot contra el Dictador y que luego llevaron a la hacienda Estrella para ejecutarlos. Manolo Tavárez, los esposos de las hermanas Mirabal, también estuvieron en La Victoria, igual que Segundo Imbert y Rafael A. Sánchez, y cientos de detractores de la Tiranía.
En los años de la dictadura, el ron que se bebía en el penal lo compraban en el colmado que tenían los padres de De la Cruz en La Victoria. Además, para llegar al pueblo había un pequeño atracadero de madera en el río Dajao, que usaban las personas que iban a la capital empalmando con los ríos Ozama e Isabela.
“Papayé Girón” era el capitán de “El Nilo”, el pequeño vapor, que según los estudios de De la Cruz, comunicaba a La Victoria con Santo Domingo. La otra opción era ir a caballo por Villa Mella.
NOTA DEL EDITOR
Los autores de este trabajo, el reportero Javier Valdivia y el reportero gráfico Jorge Cruz, ingresaron durante un mes en la Penitenciaría Nacional de La Victoria para conocer de cerca la situación que viven poco más de ocho mil internos, y los cambios que la administración del penal, pese a la resistencia de un sistema violento y corrupto, viene introduciendo en los últimos años.
Durante todo el mes de febrero, ambos periodistas del LISTÍN DIARIO, bajo la iniciativa del procurador general de la República, Francisco Domínguez Brito, y la plena colaboración del director de Prisiones, Tomás Holguín; del alcaide de La Victoria, Gilberto Carrasco, del jefe de seguridad de la prisión, coronel Marino Carrasco, de su personal y de un grupo de internos, Valdivia y Cruz pudieron recoger de primera mano —y sin censura de las autoridades— testimonios, escenas y situaciones que han traducido en este reportaje de siete entregas.
Por Javier Valdivia Olaechea ;-
Penitenciaría Nacional de La Victoria