jueves, 31 de marzo de 2016

Histeria de un intolerante

Luis Abinader ha cometido el grave error de exhibir el más bajo de los instintos que pueda tener una persona común, que jamás un político que aspira a ser Presidente de la República: proclividad a la intolerancia, a la agresividad, a la descalificación, al insulto soez y desproporcionado...
... Ya podría cualquiera imaginarse de lo que sería capaz una persona de su naturaleza detentando el poder que le sugiere la Presidencia de la República, convertido en “primero entre sus iguales” en un país como este donde el Presidente es un semidiós que todo lo puede.
Quienes lo conocen desde muchacho saben que ha sido siempre elitista y creído, un hijo de papi y mami carente de talento y humildad pero excedido de soberbia y con la petulancia propia del cretino clasista que se siente por encima del bien y del mal.
Ha sido esa su conducta desde los primeros años de estudiante en el colegio Loyola, donde burlaba con inusitada frecuencia la regia disciplina jesuita y sobresalía siempre no precisamente como el buen estudiante que nunca fue sino como el más dispuesto a las bellaquerías estudiantiles.
Esa actitud díscola se le puede tolerar en su vida privada, entre sus súcubos y subalternos, en su cerrado círculo de amigos... Jamás en la vida pública con categoría política donde tiene que estar sometido al escrutinio de la prensa porque aspira a ser Presidente de la República.
La ignorancia, peor...
El gran ignorante que es Abinader quedó expuesto en su afirmación para degradarme, para descalificarme, para reducirme: un vago que no trabaja, vendido al gobierno y que gana más que el Presidente Obama... Tres mentiras más grandes que la Catedral.
Decir que mi “sueldo” de embajador es superior al del Presidente Obama me hace sentir importante, ya quisiera yo. Pero es obvio que Abinader no conoce ni mínimamente la estructura diplomática del servicio exterior ni la escala salarial que rige en la Cancillería para los embajadores.
Y como no sabe eso, dice el primer disparate que le llega a la cabeza. Él ignora que las embajadas reciben una dotación para cubrir los gastos administrativos, empleados auxiliares, servicio, choferes, energía eléctrica, agua, teléfono, renta de local. En Panamá apenas alcanza para llegar al final de cada mes.
Ser embajador, en mi caso, constituye una carga onerosa desde el punto de vista financiero... Porque donde llego, las cosas cambian para bien... Lo tolero financieramente porque vivo modestamente: sin vicios, sin juego, sin tabaco, sin alcohol, sin amantes furtivas. ¡Una vida muy aburrida!
... Pero la ignorancia es como la miseria, dice la gente común: tiene cara de hereje.
¿Dónde ha trabajado...?
Trabajo desde los 15 años y como periodista llevo 47 sin tregua, treinta de los cuales he madrugado para trabajar desde antes de salir el sol... Es un trabajo público que conoce todo el mundo.
¿Y Abinader, dónde ha trabajado? Que se conozca, fue alguna vez a Puerto Plata a administrar un hotel de su familia que dos años después quebró.
Pero en su condición de niño rico --con una familia que tiene una fortuna incuantificable en dólares, según él mismo revelara en una entrevista con Jorge Ramos, de Univisión--, jamás ha bajado el lomo... Ni falta que le hace.
Tal vez por eso trata con tanto desprecio a los pobres de los barrios y en sus actividades políticas se desinfecta con alcohol cada cinco minutos...
Por César Medina ;-
lobarnechea1@hotmail.com