viernes, 24 de julio de 2015

Haití; la fortaleza del débil

El ser humano, por naturaleza, suele solidarizarse con el débil, con el pobre, con el menesteroso. No importa que la condición de debilidad haya sido consecuencia de sus torpezas, holgazanería, descuido y errores, porque resulta que en la mayoría de los casos el abuso de algún poderoso, de entrañas descompuestas por la falta de sensibilidad, es la causa del mal.
A todos nos duele Haití, el país más débil y pobre de nuestro hemisferio y uno de los más pobres del mundo. A cuenta de la solidaridad que crece sobre la base de las carencias propias, los dominicanos, que hace 50 años teníamos el mismo PIB que el vecino país y que hemos sido expoliados hasta el arruinamiento total como ellos, pero que por la dicha de tener una dirigencia política con más visión de desarrollo, aun desde nuestra leve y mejoría económica, que aún arrastra pobreza extrema, le abrimos espacio en nuestra mesa para compartir el pan.
Cada día nuestros hornos hacen más pan y en esa misma medida lo vamos compartiendo con ellos. Nuestros hospitales lo saben, son un escaparate para que todo curioso o entrometido vea; les entregamos con gusto, con amor, más del 30 por ciento de nuestro presupuesto en salud. Nuestras escuelas lo gritan, sobre todo en la frontera donde el Estado dominicano les permite tocar las pizarras como por mandato constitucional lo hacen los nietos de Juan Pablo Duarte.
Pero mientas nuestros hornos producen más pan, del otro lado los pocos que hay se cierran, entonces el lodo y la manteca se conjugan para hacer las galletitas de la desesperación, sin los nutrientes necesarios para el arraigo al terruño. Por ello el éxodo se convierte en epidemia, en pandemia, en la suerte cultural de la desesperanza, que llega a desahogarse después del Masacre y sus inofensivas aguas, donde está el paraíso permitido, porque los otros, allende los mares, tienen muros y jaulas para encerrarlos y devolverlos como seres primitivos.
Les invitamos a la mesa para compartir el pan, pero de repente, pasaron a la cocina tras el concón, y al lavadero luego, para estar presentables antes de la siesta en el sofá frente al televisor.
Y el pan solidario abrió caminos a las habitaciones y los pasillos; y la despensa se agota y siguen llegando, con hambre, con sed, con necesidad de ropa y “abrigo”, de aquella cobija que coloca el buen samaritano encima de un vagabundo desnudo que a la intemperie se entrega al viento frío de la muerte.
Nadie les quiere en sus tierras, todo El Caribe le ha cerrado las puertas mientras escupen discursos solidarios que la comunidad internacional, irresponsable y victimaria en su liderazgo, compra para cargarle a los dominicanos un peso inmenso, insoportable ya. Entonces el gobierno haitiano (¿gobierno?) y algunos sectores de aquel país, ante el frenazo constitucional y la ley de regularización de extranjeros, que no busca otra cosa que preservar nuestra despensa, muestra su despreciable talante de ingratitud atacando a la mano que le ha dado de comer.
Y así, lanzándonos mordiscos, nos quieren hacer parecer osos agresores que depredan aquel conglomerado de venados, para con ello invitar a los cazadores de la gendarmería mundial, a cazarnos y “protegerlos”, haciéndose fuertes con la coraza ajena.
Por Manolo Pichardo ;-