lunes, 29 de agosto de 2016

Coger la cárcel

Si los que van a matar o cometer algún otro delito pensaran en algún momento, antes de hacerlo, en lo que les espera en una cárcel dominicana, tal vez no tendríamos tanta criminalidad en nuestro país.
Pero eso es imposible. La mente humana se nubla fácilmente, en instantes, y no deja espacio a ninguna refl exión que persuada al individuo a desistir de actuar bajo esos impulsos.
Sólo cuando se enfrenta a las consecuencias, es decir, a sufrir las penurias en la cárcel, a sentir el rechazo hasta de sus propios familiares, y al padecer el golpe de un taladro en su conciencia, cobrándole su gran falta, es que caen en la cuenta de su error.
A la mayoría de los reclusos de las cárceles dominicanas les pasa esto. Experimentan hondos confl ictos psicológicos, viven arrepentidos, añoran la libertad, se prometen no reincidir en el mal.
En muchos casos, sus condenas han venido dadas por confl ictos y tonterías que pudieron evitarse, por acciones que fueron el resultado de un desenfreno pasional, una información equivocada, un hecho accidental o por el efecto de una complicidad indirecta.
Sin embargo, en unos y otros ejemplos ha habido personas que caen otra vez en el delito, en el mismo, o en otro, algo que resulta inexcusable, pero también inexplicable.
Las series de reportajes publicadas por el LISTÍN en los últimos meses, describiendo las difíciles condiciones físicas y ambientales de recintos penitenciarios, así como los testimonios o confesiones de los condenados por delitos, bastarían para llenar un catálogo de consejos útiles que pueden servir como disuasivos para aquellos que andan maquinando un crimen o una fechoría.
Las consecuencias son duras, reales, pesarosas y traumáticas. Pueden empujar, inclusive, al suicidio, más allá de lo que representa la muerte civil o la pena máxima del encierro.
Si esta masa de información valiosa pudiera ser asimilada por los ciudadanos, de seguro que muchos lo pensarían dos veces antes de ceder al instinto criminal o a la acción dañina contra el prójimo, que sólo conducen a la cárcel, vale decir, al mismo infierno. 
Tomado del editorial del
Coger la cárcel

de la fecha