viernes, 9 de octubre de 2015

El PRM en su laberinto

Por GUIDO GÓMEZ MAZARA ;-
La raíz que nutrió la construcción del Partido Revolucionario Moderno (PRM) era sabia, inteligente y propia de los que, asqueados por el comportamiento político-financiero de Vargas Maldonado, entendieron lo urgente de establecer una nueva fuerza electoral. Hasta ahí, excelente. Ahora bien, lo trascendental de una organización donde tengo afectos y grandes amigos, es colocar en el centro de su actuación la necesidad de no reproducir los viejos vicios del PRD.
Asumir la modernidad como sello distintivo del partido es un real compromiso. Por eso, muchos de los tradicionales exponentes que hoy tienen un rol esencial en esa nueva organización deben constituirse en puente de promoción a los nuevos valores y liderazgos que conectan con un mercado electoral diferente.
Percibo que, aún en el marco de condiciones favorables, una parte esencial de su dirigencia anda afanada en priorizar aspiraciones en el orden congresual y municipal en capacidad de expresar los clásicos repartos de fuerzas internas que coexisten, pero tienen desconfianza entre sí. Y parece que está colocado en el ADN de los tradicionales dirigentes del PRD, hoy militando en el PRM, desconocer los cambios experimentados en la sociedad y su reiterada vocación por imponerle reglas a la ciudadanía. ¡Tremendo error!
Una fuerza nueva, con posibilidades ciertas de competir frente al partido oficial debe de constituirse en receptor por excelencia de voluntades sociales con un verdadero impulso, pero afanadas en conseguir un espacio político vital con la habilidad de fragmentar el escenario electoral en dos. En el orden práctico, se valida al PLD o se opta por una propuesta verdaderamente opositora. Y para lograrlo, el bloque antagónico al partido de gobierno debe establecer los campos de actuación en los que el discurso y las propuestas marquen distancias en múltiples planos del debate social, económico y partidario.
Deslindarse de las viejas formas de hacer la política no puede ser una postura electorera, sino una acción de obvia diferenciación. Por eso, existe un tramo en el comportamiento del PRM que genera dudas alrededor del espacio ideológico a ocupar, debido al afán aspiracional mostrado por los que, al igual que siempre, pretenden imponer a sus seguidores y familiares aniquilando el mérito como mecanismo de validación política.
Los niveles de resistencia de sectores alternativos en capacidad de contribuir en una gran alianza en las elecciones del 2016 reside en que, contrario a la experiencia de concertaciones articuladas por Peña Gómez en 1974 y 1994, la actual coyuntura no traduce una carga programática donde se restaure la histórica base social de sectores populares, clase media, intelectuales, mujeres, juventud, empresarios y trabajadores que vieron en el PRD la sombrilla donde se cobijaron sus aspiraciones. La resistencia de Minou Tavárez o Guillermo Moreno a ingresar a una gran concertación, no podría tipificarse como la clásica postura donde los egos se imponen a la razón, sino de un vacío esencial en un activismo político dicharachero y sin verdaderas propuestas de cambio en la sociedad. Y de que tiene hábitos diferentes, debe convencer el PRM a una gran parte de la sociedad.
El desbordamiento que exhiben una parte de los aspirantes en el PRM expresa su desdén hacia lo de mayor importancia: la candidatura presidencial. Además, se podría interpretar que, su escasa fe en el objetívo primordial, hace del Congreso y los municipios, el refugio de los incrédulos. Por eso, colocan en un laberinto las posibilidades electorales de una nueva fuerza electoral donde los egoísmos de siempre servirían de muro que obstruye el buen juicio y la racionalidad.