viernes, 19 de junio de 2015

Los discursos de Abinader y la urgente de una búsqueda de estilo (análisis)

Salvando las distancias morales que son largas, debe recordarse que en el famoso discurso vinchista del presidente Fernández todas las especulaciones desde la TV fueron posibles para el espectador; no era la misma persona confiada y segura de siempre. Esa lectura ya auguraba que al otro día algo anormal tenía que suceder y en efecto, sucedió.
“La mejor forma de perder el miedo y adquirir seguridad para hablar ante el público es estudiar y entrenar. Sonríe. O aprende a sonreír. El primer mandamiento de la oratoria es causar una buena primera impresión. Si le caes bien a la gente podrán darte su voto y su dinero” (De 12 pasos para construir y dar discursos brillantes/Tecno Política).
Los discursos políticos tienen sus tonos, sus altas y bajas.
Quien los escribe debe de hacer lo imposible para que un candidato se sienta cómodo cuando lo lee o cuando lo ensaya (si es el caso de que lo ensaya) todo dependerá de la rigurosidad y el entrenamiento que tengan los miembros de su equipo de campaña para especializarse por zonas temáticas en la confección del discurso.
En el caso particular de los últimos discursos del candidato a la presidencia del PRM, si los desmontamos con el rigor de análisis que amerita habría varios detalles a tomar en cuenta, dignos de que su equipo político –frente al espejo oculto de la verdad, como la mano invisible de Adam Smith– saquen sus conclusiones sin alegar que se le ataca o sin acudir a la paranoia triunfal.
El candidato, el pódium televisivo y la caricatura
Resulta inconcebible que en su primer discurso televisivo nadie haya presentado al candidato. Misterios de la ciencia televisiva.
Luego cuando le vemos parado, lo que el pódium tiene como emblema, es una caricatura, el dedo mayor, conocido en España como el dedo gordo, en señal Facebook de aprobación.
Si a la carrera se ha elegido un símbolo tan común y soso, al menos en la televisión, debieron humanizarlo en vez de usar una caricatura, habría sido mejor poner una mano humana que haga el gesto. De tal suerte que una caricatura frontal no remita la misma idea hacia la persona que habla, que es nada más y nada menos, que el candidato del PRM.
“No todos los políticos tienen el privilegio de tener una gran voz o un dominio de escena, pero sus asesores deben hacer lo imposible y lo posible, para buscar las soluciones adecuadas a este tema previo a una campaña electoral”
La televisión es implacable de modo normal, porque es escena fría. Y con los políticos es peor: porque siempre otorga argumentos visuales para mirarles sus descomposturas en el momento de una representación.
Salvando las distancias morales que son largas, debe recordarse que en el famoso discurso vinchista del presidente Fernández todas las especulaciones desde la TV fueron posibles para el espectador; no era la misma persona confiada y segura de siempre. Esa lectura ya auguraba que al otro día algo anormal tenía que suceder y en efecto, sucedió.
En otras palabras, cuando se está en desventaja en una contienda, el buen uso de la televisión es un aliado gratis, si se sabe utilizar. En la televisión la improvisación cuesta votos de modo silencioso…
Cada discurso tiene un lenguaje corporal en campaña
La razón esencial de la frialdad del candidato Luis Abinader es un asunto de personalidad. Cada ser humano tiene una historia personal de ademanes, de forma de andar, de gesticulaciones, la suma de todo esto da por resultado una personalidad.
Luis es una persona afable, atenta, de muy buenos modales, eso es incuestionable. Pero para pararse en un pódium el escrutinio público juzga no a partir de lo individual, sino a partir de lo que se transmite entre texto y presencia del candidato, entre gestos y la coordinación de las frases y su contundencia. Un bolero sin drama de manos, cantado sería muy soso, los boleros ponen a prueba la fuerza de comunicación dramática de una buena cantante o un buen cantante, porque hay fraseos que tienen un complemento dramático para ser creíble. Ser un buen intérprete de canciones es mucho más que poseer una buena voz.
Eso mismo pasa con el discurso político.
En el caso de Luis Abinaderm sus asesores deben trabajar:
A) No tiene gestualidad que inspire seguridad de fraseo.
B) Su tonalidad vocal está descoordinada a veces con lo que dice.
C) Sus frases – dictadas en el guión del discurso como contundentes – no alcanzan la efectividad debida, llegan frías, sin sabor.
D) En muchas ocasiones se tiene la impresión, vista por el medio más frío del mundo como es la televisión, de que le cuesta mucho el manejo de la escena, eso ya no es culpa de quien escribe el discurso.
Dos discursos muy parecidos, dos discursos repletos de cifras al vacío
Desconozco el estilo de todos los tecnócratas de su equipo de campaña, pero detecto de inmediato el estilo particular de alguno: La mano invisible de Adam Smith.
Poner al candidato a dar cifras y datos de la ONU o el Banco mundial, revela la base del conocimiento especializado de quien escribe un discurso, haciendo de esos mismos datos el andamio clave del mismo.
El tono social en la voz del candidato se emparenta con las doctas ideas en la cual se da a entender que el destinatario del discurso es un selecto grupo de estudiosos
de ciencias sociales, la realidad demuestra que el discurso político es otro.
El discurso del 2 de junio
A excepción de la primera parte del discurso del 2 de Junio, cuya consistencia política marca la ruta de combate de la campaña, hasta donde pone el ejemplo del rey Louis XIV de Francia “L’etat cest Moi” (El Estado soy yo), acertó en la descripción del despotismo tratando de hacer una analogía histórica que otorgaba al Comité Político del PLD las mismas visiones de autoritarismo que el legendario rey de Francia.
En ese mismo discurso, los autores hacen perder al candidato una excelente oportunidad para extenderse en un tema crucial para un partido en proceso de afianzamiento y aislado en el spectrum político para saber usar con presteza las fuerzas ciudadanas en desbandada, pero hasta la coronilla con la situación actual. Me refiero al tema de la imparcialidad de las elecciones y la Junta Central Electoral. A los 7 minutos y 45 segundos, arranca el tema sobre las elecciones venideras del 2016.
Termina en vítores ante la advertencia severa que hace el candidato de no permitir máculas en el proceso. Pero el discurso en esa parte no continúa, no insiste en un tema crucial para un partido que –por demás– tiene que resolver su posicionamiento de número en la boleta.
Por otro lado, se descuidan los temas ciudadanos que generan incertidumbres y que podrían redituar interés al margen de militancia partidaria: corrupción, nepotismo, autoritarismo, huellas de mando que nostalgia los criterios trujilistas de retorno.
El trato de esos temas no se puede hacer desde la óptica intelectual, hay que ser creativo para generar en el discurso del candidato un imaginario expresivo que conecte con el imaginario lingüístico popular que ya ha codificado en su propio lenguaje esas incertidumbres.
A falta de aliados políticos confiables moralmente, para romper el cerco no tienen de otra que recurrir y hacer creíble como instrumento de inspiración y de cambio los valores ciudadanos percibidos por un sector no partidario, como aplastados y postergados por el poder de turno.
El resto del discurso se restringe a cifras y declaraciones sobre el tema de la pobreza, pero la pobreza no descrita con el sentido de lo popular, sino embalsamada con aderezos de informaciones mundialistas.
¿Quiénes entonces son los destinatarios del candidato?
¿Cuál es su target y destino?…
Estas interrogantes están planteadas.
Las citas del discurso del domingo 14 Junio, más sobrias eran trasmitidas, por un candidato menos tenso, en un acto de aceptación de la candidatura por el PRM.
Los referentes dominicanos de los discursos políticos y sus usos mediáticos
El discurso político en la historia dominicana contemporánea, tiene 3 referentes de estilos, lenguajes corporales y formas de contenidos:
-Juan Bosch
-Joaquín Balaguer
-José Francisco Peña Gómez
Los dos primeros con criterios intelectuales netos, en el caso de Juan Bosch de modo especial, un ortodoxo de la mejor pronunciación y un seleccionador de palabras didácticas adecuadas, para dar a entender su discurso a masas.
Las charlas radiales de Bosch en la campaña electoral del 1962, son un clásico de formas y usos mediáticos para campañas electorales, según contexto.
El rigor de Joaquín Balaguer, nacido de un estudio de oratoria más clásica, en su tempo y argumentación, no dejó de tener alto sentido del drama que en contraste con su personalidad adusta, cuando incurría en lo popular, causaba expectación inevitable.
Pero ese tono severo en más de una ocasión, admonitorio, presagiaba destinos difíciles a los enumerados, porque sus correligionarios, igual que los de Trujillo, leían rápido en eso de cortar la vida.
José Francisco Peña Gómez, tenía voz de barítono pura, con un registro extraordinario, tenía un dominio de la oratoria frenética, con alto sentido del humor y un conocimiento de lo popular, que hizo posible que muchas de sus frases se convirtieran en expresiones de uso cotidiano. En más de una ocasión si escuchamos a Paul Robeson, un remarcable actor negro de los años 40, recordemos su voz agigantada de líder popular indiscutible de este país.
En otras palabras, no todos los políticos tienen el privilegio de tener una gran voz o un dominio de escena, pero sus asesores deben hacer lo imposible y lo posible, para buscar las soluciones adecuadas a este tema previo a una campaña electoral.
En el caso especial de Luis Abinader, tendrá que encontrar el modelo de expresión acorde con su temperamento, porque es evidente que de barricada su estilo no puede ser.
El discurso político, su sello fonológico influye en un electorado frío marcado ya por otras experiencias que son referencias sobre el tema.
Los timbres de voces se convierten en el sello inconfundible ante las masas y en las manifestaciones en vivo, el carácter histriónico de las mismas obliga a que este tema sea tomado muy en serio por quienes hoy son el equipo de asesores de Luis Abinader. (CFE)
Por Carlos Francisco Elías