jueves, 19 de marzo de 2015

Las últimas batallas dominico-haitianas

El dictador haitiano Faustino Soulouque, con su derrota en Las Carreras el 21 de abril de 1849, contuvo sus afanes de aplastar a los dominicanos, que tan solo hacía cinco años se habían separado de su país y en medio del torbellino de las pasiones políticas que hasta Duarte terminó expulsado de por vida, a escasos meses de declarada la separación.
Sin embargo, Soulouque, mantenía su amenaza de retornar al país para aplastarlo y someterlo a la una e indivisible y solo logró sostener una serie de escaramuzas, que eran rechazadas por las tropas dominicanas. La armada dominicana, de vez en cuando, se acercaba a las poblaciones haitianas de la costa y procedía a bombardeos de disuasión. Se trató de concertar una tregua de diez años o hasta de tan solo meses, pero tal cosa no se logró por la obsesión de los haitianos de volver a invadir al país, decisión que no era muy popular en occidente, porque sacaba a sus ciudadanos de sus labores agrícolas y por la fama que ya tenían los dominicanos que no le daban tregua a los prisioneros por su furia de no dejarse pisotear por los haitianos.
La década de 1850 se había iniciado con el gobierno de Buenaventura Báez con buen pie por su inteligencia, pero luego se alocó con las ambiciones de aprovecharse del erario para acrecentar sus riquezas logradas con la madera del Sur, arrasando y exprimiendo a la clase pudiente del Cibao, por lo que en 1853 se vio desplazado por quien había sido su protector, Pedro Santana, y deportado hacia Saint Thomas.
Mientras tanto, Soulouque, en noviembre de 1855, decidió de nuevo invadir al país por tres frentes, Neyba, Las Matas de Farfán y por Dajabón, y para el 22 de diciembre de ese año, sufrió en Santomé una severa derrota por el valor de los dominicanos encabezados por José María Cabral, ya que el mismo día habían sido derrotados en Cambronal, cerca de Neyba, por Francisco Sosa.
La última acción bélica entre dominicanos y haitianos, de esa frustrada acción de Soulouque, tuvo de escenario la llanura de Sabana Larga, donde las tropas cibaeñas le ocasionaron una tremenda carnicería a los invasores, que la cantidad de muertos, era incontable y todos los caminos estaban ensangrentados y cubiertos de cadáveres, no solo los producidos por las armas de los soldados dominicanos, sino por Soulouque que ordenaba matar a sus soldados que huían o se negaban a combatir al temible ejército dominicano.
Después de esa épica batalla, la última del siglo XIX, ya Haití estaba apoderado de casi cuatro mil kilómetros cuadrados del territorio original dominicano; estos se enfrascaron en una singular lucha política típica de su comportamiento levantisco y en 1858 se formaron dos repúblicas, una en el Cibao, que hasta su Constitución elaboraron y pusieron en vigencia para desplazar a Báez, que atrincherado en Santo Domingo ya había cometido una serie de barbaridades administrativas y económicas que obligó a los cibaeños a recurrir a Pedro Santana para que enfrentara a quien antes había sido su protegido.
Ya con Santana en el poder se aceleraron las negociaciones para buscar la anexión a España, y como una solución para protegerse de las latentes amenazas haitianas con sus rutinarias invasiones al oriente de la isla, que siempre terminaban en aplastantes derrotas. Y un día de 1861 fue arriado el pabellón dominicano de la Torre del Homenaje y enhestada la bandera roja y amarilla de España que despertó el aguerrido patriotismo dominicano, y como tenía que ser, en 1863 los cibaeños en Capotillo dieron muestras de ese aguerrido valor por defender sus propiedades y derechos y le dieron inicio a la guerra de la Restauración que enfrentó a los invasores españoles con los improvisados batallones de dominicanos que le infligieron humillantes derrotas y finalmente en 1865 marcaron su retirada definitiva del país.
Hoy se cumplen 171 años de la batalla de Azua, por lo que es oportuno recordar que el valor de nuestros ancestros está muy por encima del entreguismo e indiferencia de las actuales generaciones, las que hoy permanecen indiferentes al arropamiento de la soberanía por la masiva invasión pacífica de los vecinos de occidente, y con la poca atención que se le pone a ese fenómeno.