sábado, 28 de febrero de 2015

Diez síntomas frecuentes que no son señal de ninguna enfermedad

Hay síntomas que no son indicativo de enfermedad: debemos saber vivir con ellos. 
En algunos momentos pueden condicionar las capacidades sociales o laborales. Para las ventosidades, una dieta baja en legumbres, almidón y lactosa. El equilibrio emocional es el origen de la meadilla del miedo. Detrás de un ronquido se encuentran la obesidad, el alcohol o la mandíbula corta.
Ronquidos, taquicardias, ventosidades, sudoración… todos padecemos síntomas relacionados con la normalidad de la fisiología humana, diferentes a aquellos vinculados con una enfermedad, pero que en momentos inoportunos pueden condicionar las capacidades sociales, laborales y familiares.
Hay síntomas que no son indicativo de enfermedad, por lo que sólo cuando el síntoma se convierte en crónico es recomendable acudir al médico, quien determinará si es fisiológico o patológico. Su frecuencia deriva en su aceptación. Debemos saber vivir con ellos. Conocer cómo se producen. Seguir los consejos que ayuden a limitarlos y "antes de caer en la automedicación, consultar al médico", recomienda Manuel Díaz-Rubio, catedrático en medicina y presidente de Honor de la Real Academia Nacional de Medicina, Manuel Díaz-Rubio.
Genética y equilibrio emocional son sus orígenes más comunes. Escaso es el control que se puede desarrollar sobre nuestros sentimientos. Menos aún se puede influir en la fisiología del cuerpo humano, cuyas reacciones se adelantan a nosotros mismos. "Son inopinados, inoportunos, forman parte de la esencia del ser humano y no los podemos controlar", afirma el doctor. En su libro Los síntomas que todos padecemos, Díaz-Rubio recoge estos diez: 
Ventoseo. La mayoría de las entre 7 y 20 ventosidades diarias se pueden controlar. A veces esto no es posible. El único consejo para no atravesar esta situación es una dieta sana y baja en legumbres, almidón y lactosa. 
Meadilla del miedo. El equilibrio emocional es el origen de la necesidad de orinar, sin deseo y, la mayoría de las ocasiones, sin resultado. Se recomienda acudir al baño antes de momentos de tensión, medidas de relajación y, en el último caso, el uso de compresas. 
Ronquido. Detrás de los más de 60 decibelios que un ronquido pueden alcanzar se encuentran la obesidad, el alcohol o la mandíbula corta. Frente a cientos de consejos populares, la efectividad tan sólo se ha demostrado con fármacos antirronquidos o con la utilización de férulas de avance mandibular. 
Sudoración. La liberación de agua forma parte del mecanismo humano, que nace con entre 2,5 a 4 millones de glándulas, para mantener su temperatura. El alcohol, el ejercicio o la cafeína suelen ser la causa de situaciones sociales incómodas, para las que se recomienda aumentar la higiene, utilizar pañuelos o recurrir al tratamiento psicológico. 
Rubor. El enrojecimiento del rostro, momentáneo e incontrolable, suele ser una respuesta a una emoción, fobia social o una enfermedad. No existe tratamiento específico, pero cuando el temor a padecerlo (ereutofobia) limita la vida diaria, se puede recurrir a la terapia psicológica.
La taquicardia sinusal. Es una respuesta del cuerpo ante determinados tipos de estrés, en los que se superan los 100 latidos por minuto. Pasado un tiempo, el ritmo cardíaco se estabiliza, por lo que no se recomienda recurrir a betabloqueantes, dados sus efectos secundarios.
Afonía-Disfonía. Nuestra voz es única. Sin embargo, en ocasiones, el tabaco, el frío o el miedo a hablar en público (fonofobia), hacen que sea menos nuestra. Es el momento en el que aparecen la afonía, relacionada con el movimiento de las cuerdas vocales, y la disfonía, fruto de las lesiones mucosas. Conocer las causas y evitarlas cuando se habla en público, es la mejor forma de actuar.
Retortijón. Este dolor abdominal tipo cólico, con intensidad y duración variable, suele tener su origen en el síndrome de intestino irritable. El espasmo no sincrónico del colon, un mayor ritmo intestinal y la hipersecreción de agua son sus características. Cuando defecar o expulsar gases no soluciona el problema y el dolor continúa, se debe acudir al médico. 
Sequedad de la boca. Aunque llegamos a producir 34.000 litros de saliva durante nuestra vida, existen momentos, en que no sentimos ni una gota de los 1,5 litros que generamos al día. El estrés suele secarnos la boca, lo que dificulta el habla, masticar o tragar. Por tanto, relajarse, beber agua, comer caramelos de menta o masticar un chicle puede ayudar a solventar el problema. 
Temblor fisiológico. Miedo. Estrés. Ansiedad. Nuestro estado psicológico suele determinar las entre 6 y 12 oscilaciones por segundo de manos, piernas o cuello, que nos llevan a afirmaciones como "estoy temblando de miedo". Evitar estimulantes como el azúcar o el café suele ser suficiente, sin embargo, si no lo es, se puede recurrir a ansiolíticos o betabloqueantes.