sábado, 3 de septiembre de 2016

¡Oh, Dios! ¡Cuánto horror!

Con desenfrenada vesanía, un hombre asesinó ayer a cuatro mujeres (su esposa, su hija, la suegra y una vecina) cegado por un rayo de maldad, y, probablemente alucinado, en otro episodio más que agrava el drama de los feminicidios en el país.
Sacando cuentas sobre cómo el machismo irracional e irrazonable había descargado la furia asesina sobre 60 mujeres en este año, un dato que el Listín publicó en su edición de ayer, otras cuatro féminas se sumaban a la larga lista de las desventuradas.
La pareja del asesino se preparaba para marcharse hacia el exterior y, según los vecinos, el hombre no aprobaba esta decisión. Y en el momento en que la familia reunida hacía oraciones para despedirla y desearle un mejor futuro, de manera inesperada y alborotada el hombre sacó un arma de fuego y disparó inmisericordemente contra ellas.
La saña era tan grande que, no conforme con lo que ya había hecho, persiguió a la vecina religiosa que huía por un callejón y también la mató a tiros.
Un suceso así puede ser imprevisible, porque nadie se imagina qué instinto perverso o criminal se desata de un momento a otro en el cerebro de una persona, pero lo frecuente es que los feminicidios sean la consecuencia de una actitud previa de abusos, desconsideraciones y celos que, pudiendo evitarse, no se frenan a tiempo.
Tenemos una estructura judicial y policial para recibir quejas de mujeres amenazadas, pero lamentablemente las medidas cautelares que prohíben a los exnovios o maridos resentidos o abusadores acercarse a ellas no siempre son eficaces. No evitan el desenlace fatal.
El Ministerio de la Mujer tiene dos líneas telefónicas, con los números 809-200-7212 y 809-689-7212, para recibir denuncias 24 horas, listas para dar asistencia policial, legal o psicológica, cual que sea la circunstancia, pero estos teléfonos no se promueven públicamente como debería ser en un país sumido en este fenómeno.
Esta experiencia horripilante de ayer debe mover al Estado a una acción más sistemática para proteger las vidas de las mujeres amenazadas y para aplicar a los matones las penas más duras por sus crímenes.  
Tomado del editorial del
¡Oh, Dios! ¡Cuánto horror! 
de la fecha