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sábado, junio 22, 2019

Danilo desactivará

La palabra, cuando es mal usada o se empeña para luego no cumplir con los compromisos contraídos, puede ser muy dañina y ocasionar serios traumas institucionales, si es la democracia y la tranquilidad de un país lo que está de por medio. Aunque más perjudicial pudiera resultar en algún momento el silencio, porque al no poderse descifrar lo que alberga la mente humana -capaz de cualquier cosa-, el enigma y la indefinición nada productivos sería entonces el factor a prevalecer en todo, sin saber nadie finalmente en qué pie está parado (¿).
Y en un marco así de incertidumbre política, con amenazas claras de aventuras de cambios en las reglas institucionales vigentes, como es el panorama que tenemos de frente, lo menos que pudiera ocurrir aquí es que el clima de estabilidad macroeconómica y de confianza que beneficia las inversiones extranjeras, se quebranten. En verdad, eso no es nada bueno; esos riesgos no eran necesarios, ni el país se merece que se ponga en peligro la paz social y la dinámica económica que le han reconocido. Para algunos (por amigos de verdad, aunque le hagan daño, y otros simplemente por “arribistas” o mercenarios): “Danilo -aunque esté impedido- o que entre el mar”.
El presidente Medina dijo que en breve pondría fin al misterio y al vilo que encarna el silencio que ha administrado. De haberse tenido aquí real institucionalidad, no había que pedir ni esperar que el Presidente hablara o callara, porque la única señal o pauta a seguir sería el mandato de una constitución respetada. Hay círculos y espacios que cada vez lucen más cerrados e inciertos. Intentar abrirlos por la fuerza no sería inteligente ni debe estar en la mente de un gobernante que quiera terminar bien y que le valoren su obra, que no ha sido mala, pero que los amagos y halagos de “continuidad” distraen a funcionarios del trabajo que deben realizar, y a los contrarios y opositores de reconocer lo que se ha hecho bien.
Creo que Danilo solo quería ganar tiempo, pero que no existiendo las mínimas condiciones para empujar una modificación constitucional que, de seguro, le desataría los demonios en la sociedad y en su partido -y le privarían un retiro tranquilo-, no estaría lejos de proceder a “desactivar” aprestos conocidos de una reforma que invitaría a la división interna y a que las riendas del poder cambien de mano. Y nada de orgullo, de odio o temor a venganza, pues se trata de realidad y hasta del mal menor (¿).
Por Luis Encarnación Pimentel ;-
Encar-Medios@hotmail.com
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