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sábado, 4 de agosto de 2018

El caso Funglode

De un tiempo para acá, se impone que los presidentes con criterios y con talentos especiales, que trascienden las fronteras de sus países y del período en que les toca gobernar, se dediquen a ofrecer conferencias, a servir de mediadores en conflictos internacionales o funden un centro para el debate de las ideas, la formación de líderes o la contribución a una mejor democracia.
En esa línea, hizo historia el expresidente norteamericano James Carter, con sus periplos como armador de la paz por el mundo y fundador del Centro Carter, en Atlanta, donde el finado Hatuey De Camps, el doctor Leonel Fernández y nosotros, escuchamos -hace más de diez años- plantear la preocupación sobre el origen de los recursos en las campañas electorales, para evitar que en un momento los presidentes fueran puestos por el narcotráfico o por intereses nada santos. Se sabe que Barack Obama, con mucho potencial, planea no quedarse de brazos cruzados y dejarle a la posteridad algo más que la impronta del buen gobierno que hizo antes de Trump. Aquí, al expresidente Fernández se le ocurrió levantar la Fundación Democracia y Desarrollo (Funglode), no como negocio privado o medio de vida personal, sino como legado en favor del desarrollo, para la formación profesional de jóvenes del país, para el intercambio con las principales universidades del mundo y el fomento de la cultura en un sentido amplio. Recuerdo que al ganar su segundo periodo presidencial, Hatuey lo felicitó y lo visitó (le acompañábamos), y el entonces líder del PRSD quedó maravillado con la biblioteca, la disposición tecnológica y con todo lo que, con gran muestra de satisfacción, el mentor de la institución de formación y cultura le iba mostrando en un recorrido por todas las instalaciones. Todo el que tenga criterio y visite aquello, reconocerá que es importante, bueno, y que es una obra que valió pena. Solo la mezquindad o el interés de dañar gratuitamente  pueden ignorar el origen de los fondos para levantar y mantener Funglode, algo ya muy debatido. Sencillamente, el aporte de empresarios y amigos, algunos de los cuales -sin que se les mencione- se le ofrecen a los presidentes. Recuerdo que hasta de BANINTER se dijo que hubo un aporte, el mismo banco adonde la Tesorera de la época y el jefe político del entonces PPH, fueron a buscar un saco de dinero para el intento fallido de reelección presidencial de Hipólito Mejía. ¿Aportes de algunos contratistas? Esto último ocurre en todas las campañas electorales, por lo que entre financiar una reelección encareciendo obras públicas, o aportar para un centro de cultura, hay una gran diferencia, y si hay pecado, está en lo primero.
Por Luis Encarnación Pimentel ;-
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