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Pulicidad

martes, 20 de marzo de 2018

¿Cuántos Alberts más tendrán que morir?

En un país donde “siempre estamos en campaña política” y la atención nacional suele reservarse al show, a la chercha… tragedias como el asesinato de un joven, un día antes de graduarse, entran y salen de la opinión pública sin que se le dedique la reflexión necesaria, esa que mueva a la acción, al cambio.
Y es que el caso no pudiera ser más lamentable: Albert Ramírez Alcántara, de 28 añitos de edad, estudió Educación mención Matemáticas, una carrera muy necesaria en República Dominicana, pero no pudo cumplir el sueño de vestir toga y birrete como señal que alcanzó su meta.
Todo porque, horas antes de graduarse con honores, se convirtió en la nueva víctima mortal de la inseguridad ciudadana en el país, esa cuya cobertura ha disminuido notablemente en la prensa (ahora el tema es la reelección), pero que sigue latente como cruel fantasma del que nadie habla, pero todos sienten.
Este tipo de delincuencia, que aunque es la común, no es la única (no olvidemos aquella de cuello blanco), sumada a las clásicas injusticias sociales y económicas, segaron la vida a un joven ejemplar, que las últimas horas de su vida las dedicó a comprarle ropa a su mamá para que asista a una graduación a la que no llegaron ningunos de los dos.
Él era el mejor estudiante de la clase y fue asesinado por un celular, y no es el único. Son muchos los dominicanos y dominicanas víctimas de la delincuencia. Recordemos que en la encuesta Gallup-HOY de marzo del año antepasado, el 75% de los consultados identificó la inseguridad ciudadana como el principal problema del país. Adicionalmente, la Gallup de julio de 2015 reveló que más de la mitad de la población conoce a alguna víctima.
Sin embargo, ni estos datos, ni tragedias como el asesinato de Albert han sido suficientes para que el Gobierno responda contundentemente. Ante crisis mediáticas se recurre a medidas cosméticas como la trillada militarización de calles, errada porque a veces los mismos policías son los agresores, como en este caso en el que la Policía identificó un raso como el presunto homicida. En otras ocasiones se anuncian planes que al final nadie ve y cuya ejecución con el tiempo se olvida.
Por eso ya aquí nadie está seguro. Cualquiera puede perder la vida, una útil y productiva, por algo tan sustituible como un celular, un vehículo o el efectivo que tengas en la cartera. Esto pese a que el derecho a la vida y a la seguridad ciudadana son fundamentales y así lo establece la Constitución dominicana. Pero, ¿qué digo? En un país donde la Constitución es un pedazo de papel no hay nada seguro, ni siquiera lo más valioso: la palabra, el honor, la vida.
Por Millizen Uribe ;-
muribe44@gmail.com
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