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miércoles, 1 de marzo de 2017

El sordito

En la construcción de la sencilla vivienda campestre era una verdadera estrella. No oía y apenas se entendía lo que intentaba decir, pero resultaba el más laborioso de todos, comparable con cualquier otro laborioso del mundo. Por ello era admirado y querido, tanto por sus compañeros, como por los dueños de la edificación.
A veces daba muestras de buen humor; siempre le celebré la ocurrencia de decirle a quienes habían tenido una semana fuerte en el trabajo, al ver pasar un jet de pasajeros extrañamente a baja altura, “Se fuñeron, se fuñeron, ahí va Vincho pa’Nueva York; no hay pago, no hay pago.” Grande fue la alegría de todos al verme llegar, momentos después, con mi modesta alforja llena para pagar aquellas labores tan nobles.
Eran los tiempos de la celebración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América.
Pasaron algunos años y comencé a recibir noticias desagradables de aquel alegre equipo de trabajadores de la construcción que, bajo la dirección del mejor maestro de obras concebible, constituían una verdadera leyenda de calidad y seriedad en el cumplimiento de todos los empeños que les fueran confiados.
Luego, en los primeros años del siglo, las noticias se fueron acentuando, pues, se comenzaba a comentar que “los muchachos”, como se les llamaba, estaban desesperados porque cada día se hacía más difícil encontrar trabajo.
Me intrigó saber de esas cosas porque, según se nos ha venido diciendo hasta el día de hoy, el crecimiento económico de la República es una especie de paradigma en Latinoamérica.
Así que pensé, ¿qué está ocurriendo? ¿cómo se pueden conciliar el crecimiento alegado con la profundización de la pobreza de gente que en Francia se llegó a afirmar que “según iba el carpintero iba la nación?”. El asunto se agravó de tal modo que el maestro, tutor laboral de tantos jóvenes valiosos, me visitó e intentó hacerme la descripción aterradora de la amarga realidad confrontada por todos. Claro está, terminó en llantos y me lució algo delirante.
Me fue señalando algunos aspectos que él consideraba más graves que el cruel paro que padecían y me dijo: “Nos están humillando, doctor; ya no nos dejan entrar a las obras, ni siquiera a preguntar si hay trabajo; los guardianes y los obreros son haitianos y hay muchos maestros constructores colombianos.” Casi me gritó al decirme: “Yo no perdono a nadie que haya sido capaz de hacernos extranjeros indeseables en nuestra propia tierra.” Tuve que esforzarme para tranquilizarlo y ya, al despedirse, su imagen era la de un mendigo en ciernes, no la de aquel hombre sereno y fuerte, increíblemente capacitado para ordenar y dirigir cualquier obra que se le confiara.
Fue ahí cuando se me ocurrió preguntarle: “Maestro, dígame, cómo está el sordito?”. Se volteó y le vi en sus ojos una severidad rencorosa impresionante, cuando me respondió: “Doctor, mejor que no le cuente de los muchachos; ya llevamos dos suicidios y ese por el que usted me pregunta, el sordito, se propuso ser motoconchista.
Cuando lo supe fui a verlo para aconsejarle que no lo hiciera, porque era más que seguro que tendría un accidente fatal.” No se detuvo el maestro y me dijo: “Doctor, no me valió aconsejarle y terminó por decirme, a mí que lo quería tanto y el que mejor lo entendía: ‘Chicho, yo no vendo drogas, yo no robo, ni mato; yo quiero que me lleve el diablo en un accidente”.
Quedamos nosotros, el maestro y yo, más que mudos, traspasados, por lo inútil que había resultado el vaticinio trágico del accidente que pusiera fin a aquella vida tan útil y ejemplar, que no otra cosa era el sordito.
Al quedar a solas me aumentó la tristeza, no sin ira. Pensé en las magnitudes terribles de la responsabilidad de aquellos que pasaron a ser comparsas complicitarias del poder extranjero; aquellos que voltearon la cara a los mandatos de protección de la ley al trabajo nacional; los que consintieran que la ecuación imperiosa del 80/20 de presencia en la construcción pasara a ser parte de un desenlace desdichado como lo es convertir el sudor nacional en un amargo vinagre para la República crucificada en el abismo de su programada desaparición.
El sordito se lanzó a la muerte expresando una resistencia de ética patriótica que quizás sólo será una brizna del descontento y la frustración de muchos trabajadores desplazados y malogrados por el desprecio. Él fue un ejemplo de cómo este pueblo puede llegar a tener hijos capaces de inmolarse antes de degradarse en el crimen o en la cobardía de aventurarse a ser alimento de escualos en los dolorosos naufragios del día a día.
Quizás por ello ha sido que los traidores nunca han podido coronar sus propósitos, porque no conocen al dominicano profundo, el verdadero, tan capaz de gestos inauditos cuando de su patria se trate.
No sé, pero pienso que cuando oí al maestro la evidencia de cuanto afirmo se hizo más neta, y es que amortajar a un pueblo así es siniestra tarea, y se lo he advertido a quienes, sin ser traidores, han terminado por no creer en su temple.
El sordito es un remoto presagio de la tormenta final, por muy anónimo e insignificante que parezca; él fue un héroe del trabajo y luego un mártir de su patria. En esto no hay exceso; el sordito fue, al menos, una lágrima temprana de la desgracia y el infortunio de la suerte nuestra.
Por Marino Vinicio Castillo R. ;-