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miércoles, 8 de febrero de 2017

Poder, corrupción

“El poder corrompe… El poder absoluto corrompe absolutamente”.
Ese aforismo trascendió con el nombre “Dictum de Acton” y se consigna su autoría al historiador británico John Emerich Edward Dalkberg en 1887, hace 130 años. Con el tiempo, ha sido traducido a todos los idiomas y dialectos conocidos, sin perder vigencia.
Es la razón básica para el surgimiento de un sistema político funcional -el democrático-, que en teoría plantea la división de los poderes del Estado para evitar la concentración hegemónica en el Ejecutivo, que un solo hombre lo ejerce casi a voluntad: el Presidente de la República.
Como se da por sentado -hecho incontrovertible-, que el poder corrompe, se busca que el Ejecutivo nunca tenga el poder absoluto para evitar “que se corrompa absolutamente”. Los demás poderes, en consecuencia, constituyen el contrapeso ideal en el trípode que sustenta la democracia.
El error comienza con la creencia casi generalizada de que la corrupción se limita a lo económico, al enriquecimiento ilícito, a la coima, a la mordida, al “picoteo” o al “boroneo” que se produce casi por rutina viciosa -para no llamarle irreverentemente como expresión cultural-, en la administración pública.
Esa desnaturalización de la función pública no es de exclusividad dominicana, aunque posiblemente aquí tenga expresión patológica y se haya extendido como epidemia casi incontrolable. Cuando llegué a España como embajador, hace ocho años, ese era el principal tema en el debate público... Y sigue siéndolo.
En Chile, tres años antes, apenas se comenzaba a tomar iniciativas legales para controlar ese vicio; en Panamá, por igual, en los años post Martinelli, y en México la “mordida” es proverbial en cada instancia del servicio público. La diferencia es que fuera de aquí la imputación de corrupción constituye un escarnio social.
... Claro que corrompe
Que el poder corrompe ha quedado demostrado en nuestro país desde los tiempos de la Colonia, hace quinientos años... No se conoce un solo gobierno que pueda catalogarse libre de corrupción, ni siquiera el de Bosch, a quien la caverna derrocó por oponerse a ella en sus distintas vertientes.
Con el agravante de que la dictadura de Trujillo impuso por treinta años la cultura del enriquecimiento rápido con la única condición de que él era quien distribuía los favores que eran capaces de transformar de un día para otro la situación económica de familias completas... Algunas de ellas aún muy prestantes y de sólido estatus social hasta en tercera y cuarta generación.
No hay camino más expedito para ascender en la escala social y económica, que la política tal como se ejerce en nuestro país. Y los partidos con dilatados períodos en el Gobierno, tienden a formar clases privilegiadas con capital originario en la función pública o en las colindancias del poder.
... Hay otros motivos
Ese fenómeno tiene mayor expresión en los períodos de crecimiento económico, como en los últimos 20 años en que la República Dominicana ha sufrido una gran transformación en todos los sentidos, mayormente en su infraestructura física. Es lo que explica -en parte-, que en la particularidad de Odebrecht se atribuya responsabilidad a los últimos tres gobiernos: el de Hipólito, el de Leonel, el de Danilo.
Lo que algunos desorejados pierden de vista es que la actual campaña contra la corrupción está desprovista de buenas intenciones. Se trata de la continuidad de la campaña que se inició la misma noche del 15 de mayo cuando se conoció el resultado electoral: deslegitimar el triunfo de Danilo Medina bajo el argumento de que ¡hay que sacarlo del poder ya!
... Pero los peledeístas, como siempre, siguen envueltos en sus garatas internas sin detenerse a ver el peligro que les acecha.
Por César Medina ;-
lobarnechea1@hotmail.com