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sábado, 28 de enero de 2017

…La intolerancia

Tanta hipocresía tiende a confundir, y sumada a la intolerancia de los farsantes de siempre, resulta fácil llegar al convencimiento de que tal vez ni siquiera valga la pena exponerse al escarnio público tratando de decir las cosas como se perciben aún admitiendo la posibilidad --como siempre hago--, de equivocarme aceptando que no estoy en posesión de la verdad absoluta. Por eso cada día es mayor la tentación de abandonar definitivamente un oficio que ejerzo por vocación y doblegado por este vicio que se sobrepone a mi propia voluntad: decir lo que se me antoja y como se me ocurra…
Por eso me he negado siempre a recibir emolumentos por mis colaboraciones, simplemente porque entiendo que el sacrificio y la disciplina que impone una columna diaria, sólo puede remunerarse con satisfacciones y reconocimientos. Si eso no existiese, entonces sería necesaria una reflexión porque seguir no tendría sentido.
Es difícil entenderlo en un país que conjuga con tanta alegría la intolerancia con la hipocresía… Porque habitualmente los más intolerantes resultan ser siempre los más hipócritas. Abundan los casos en la coyuntura actual de algunos pontífices de la comunicación --hombres y mujeres--, que se erigen falsamente en rectores de la moralidad pública.
Lo peor es que muchas veces esos falsos apóstoles del periodismo reciben mayor reconocimiento de funcionarios del Gobierno y del propio presidente Medina --lo mismo que ocurrió en el gobierno de Leonel Fernández--, que aquellos que no se pliegan al chantaje de una oposición ejercida en función de esa “ética profesional”.
El “sumo pontífice”
Se dan particularidades tan especiales, que algunas esposas de esos pontífices de ese periodismo fanatizado --miembro de uno de los consejos de administración más prestigiosos del Gobierno--, aprueban resoluciones elevando sus beneficios a más de 500 mil pesos mensuales, seguros médicos y de vida nacional e internacional para toda la familia, y pensión con esos beneficios incluidos después de 10 años “de servicio”.
Para esos opositores consuetudinarios, la corrupción se limita a las coimas que puedan recibir funcionarios públicos --que ciertamente es corrupción burda--, pero esta otra también lo es, porque la prevaricación se tipifica como corrupción administrativa cuando se toman decisiones para beneficiarse de ellas.
Bajo ese mismo criterio ético, se considera que un periodista pierde credibilidad si acepta ejercer una función pública, y como soy viceministro de Relaciones Exteriores, es bueno aclarar que en todas partes del mundo existe la carrera diplomática, y que como llevo casi 13 años en el servicio exterior y he sido en tres ocasiones jefe de misión, pertenezco a la carrera diplomática.
Pero también se inobserva viciosamente que al regresar al país como viceministro, reduje mis ingresos en más de un 600 por ciento, y jamás he reclamado uno solo de los privilegios inherentes a ese viceministerio y ni siquiera uso el vehículo que se me asignó.
… Y la hipocresía
Hay corrupción y es necesario luchar contra ella. No aceptarlo sería suprema expresión de cretinismo… El caso de Odebrecht ha llamado la atención sobre un problema de gran calado que --como dicen los estudiosos del comportamiento humano--, ha penetrado “todo el tejido social” del país.
Pero no sólo en la República Dominicana. En todas partes del mundo ese es uno de los problemas que concentra mayor atención de los organismos internacionales, de la sociedad civil, de los gobiernos, de los partidos políticos… Parece el peor mal de estos tiempos, sobre todo porque la corrupción, “en esta democracia fingida, parece que sólo es mala para los que no se benefician de ella”, como repitió Agripino.
¡… Pero, sobre todo, para farsantes e hipócritas!  
Por César Medina ;-
lobarnechea1@hotmail.com