miércoles, 30 de noviembre de 2016

Un cuerdo se hizo el loco

El periodista Juan Salazar se hizo el loco para vivir en carne propia y contar la triste condición del perturbado mental. Comprobó la indolencia, la discriminación, el rechazo, la intolerancia e insensibilidad de muchos ciudadanos con estas pobres personas.
Los trastornados mentales viven con miedos. Las enfermedades que desencadenan su abandono los destruyen y generan rechazo. Son abandonados y repudiados por una sociedad individualista ceñida a sus propios problemas. Somos educados para rechazarlos. Cuando detona una enfermedad mental alguien muere en vida dentro de las familias.
Son cadáveres insepultos. Desterramos a los enfermos mentales cuando en realidad los normales son la minoría.
Estamos plagados de diferentes problemas mentales. Unos más agudos que otros. La psiquiatría debe tener un amplio catálogo de enfermedades mentales donde existen también los que ocultar sus desvaríos o existir socialmente son males menores o tolerables.
Hay trastornos que nos quitan el sueño o que nos llevan a asechar a los que duermen con poca ropa; a violar niñas o niños; a sentirnos falsamente enfermos; a angustiarnos sin motivo ni razón o estar acogotado por la depresión; tener dos personalidades, ser bipolar, esquizofrénico o el callado catatónico. Los daños al cerebro provocan perturbaciones de diferentes grados. La psiquiatría y la psicología se empeñan en  hacernos comprender que muchos afectados pueden convivir normalmente y que es deseable para su mejor calidad de vida.
Sin embargo el rechazo, la crítica insana; la burla  y hasta el asco, son mayormente nuestra respuesta. Es una conducta social. Tenemos miedo de los que tienen más acentuada su patología. En realidad son como niños atrapados en la oscuridad. El orate está rodeado de un enjambre de individuos y artefactos que los agreden o rechazan. Las manifestaciones de amor les son escasas. Pululan por un entorno social que los desprecia y trata peor que perros realengos.
La valiente  investigación del periodista Salazar pone a pensar sobre la condición humana. Alerta  sobre el olvido que sufren estos que están abandonados a su mala suerte. El colega comió y bebió por caridad. Durmió a la intemperie en un espacio público compartiendo con otros enfermos. Se fingió loco y su recorrido hasta el periódico Listín Diario fue una experiencia dolorosa. Como ellos no pueden, habló por los locos y cumplió su objetivo de sensibilizarnos.
Esa crónica de la mañana de ayer me humedeció los ojos.
Estar  vivo es poder recordar.
Por Alfredo Freites ;-
alfredofreitesc@gmail.com