sábado, 8 de octubre de 2016

Hundido en la catástrofe, otra vez

Nueva vez Haití queda sumido en otra catástrofe que ha cobrado centenares de vidas y que hunde más al país en el estado de miseria extrema en que lo ancló el terremoto del 2010.
Más de 800 muertes, y todavía faltan más que contar, han marcado el devastador paso del ciclón Matthew por su territorio, y ante semejante desastre la comunidad internacional está compelida a ir en auxilio, ya que los haitianos, por sí mismos, no disponen de tantos recursos para recuperarse en el corto tiempo del desajuste.
La magnitud de los daños causados por el huracán, tal vez los mayores dejados a su lento paso por el Caribe y otras latitudes, no solo se mide en las pérdidas de tantas vidas, la destrucción de los cultivos, viviendas o infraestructuras de servicios, sino en el estado de insalubridad en el que ya se encuentran muchas comunidades de su parte Sur.
Las naciones que siempre dicen estar al lado de la causa de Haití por superar sus miserias no pueden fallar en el ineludible compromiso que tienen de suministrar, con urgencia, alimentos, medicinas, madera o cemento para las casas de las miles de familias que quedaron desplazadas y damnificadas.
Urge emprender acciones para evitar que las consabidas epidemias que se incuban en ambientes de aguas desbordadas y hacinamientos humanos agraven la mortandad que ya ha causado Matthew. De hecho, la Organización Mundial de la Salud teme que el cólera, que ha causado muchos estragos desde el terremoto, se recrudezca en las próximas semanas.
 El estado de precariedad que se vive hoy en Haití empuja inevitablemente a los desamparados o desplazados hacia la República Dominicana, una tierra que ven como más promisoria que la suya. Esto incrementará la presión humana por el ingreso, por lo general ilegal, y la presión internacional para que nuestro país se haga cargo, por razones humanitarias, de los que escapan a la crisis agravada.
Probablemente la comunidad internacional sea más activa en presionar en esa dirección que en vaciar sus bolsillos para resolver, in situ, el problema de los damnificados en el propio Haití.
Hay razones para sospecharlo. Hasta ahora ha sido mucha la hipocresía oculta en esa supuesta “amistad y solidaridad” con Haití, que no se manifiesta convincentemente en copiosas ayudas y auxilios, como los que necesita hoy.
Ni siquiera los “amigos de Haití” en nuestro país han movido una motoneta con arroz u otros alimentos, ni con ropas ni con medicinas, para ayudar a sus hermanos en estos momentos de calamidad.
Tomado del editorial de 
Hundido en la catástrofe, otra vez


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