martes, 2 de agosto de 2016

La Ligia Amada que yo conozco

Habría querido emborronar cuartillas hace tiempo. Los ciclos existenciales transcurren velozmente, y la memoria va erosionándose y se fugan los recuerdos. Ahora siento que debo relatar las impresiones que guardo de ella, su estela  de educadora a tiempo completo, su imagen de maestra en el mismo escenario de las ideas y del aprendizaje, del orbe y la estructura de la lengua como apertura e inauguración de la vida consciente. Vivimos en una selva mediática en que las verdades suelen ser medias verdades, relatos distorsionados o mentiras, y donde los juicios de la inmediatez suelen ser despiadados. No se resalta el patrimonio de las conductas honorables, firmes en su cabal universo de compromiso y práctica social. Otros son los prototipos friccionados por las urgencias de los egos, que catapultan seudo valores, que viven en las olas del espectáculo miserable de sus montajes y duplicidades.
En ese medio borrascoso, hay vidas que resplandecen, medidas oportunas de dignidad personal, tránsitos que ninguna celada puede debilitar lo suficiente hasta anular el ejemplo. La Ligia Amada Melo que yo conozco, está embadurnada de tizas y pizarrón, lleva bajo su brazo, folders, seminarios y notas por corregir de exámenes y pruebas académicas. La Ligia Amada que yo conozco, de paso lento pero firme, dama decente y de ideas cristalinas, recorre los pasillos de la Facultad, instruyendo, fijando horarios, asistiendo a asambleas, irguiéndose con una autoridad que forja profesionales integrales.
La Ligia Amada que yo conozco, recrea su confesionario ideológico en la práctica de su propia savia. No tiene que asumir los descarríos de los demás, finalmente es por ella y sus propias convicciones que auspicia su identidad moral, que ella, vive y lega en su patrón de mujer ejemplar y sin manchas. La Ligia Amada que yo conozco, ocupó una curul muy cerca de mí durante períodos legislativos, en medio del recrudecimiento de diferencias políticas coyunturales, y nunca la vi distanciarse, siempre compartimos, con ese nivel respetuoso de maestra, escuchando mis pareceres, oyendo yo los suyos, coincidiendo en lo fundamental, en esa necesidad que el poeta francés, Arthur Rimbaud definió, cuando dijo que el hombre estaba maleado y que había que cambiar la vida, o que Carlos Marx puntualizó en el criterio de que no bastaba cambiarla, sino que era necesario transformarla.
La Ligia Amada que yo conozco, es fraterna y solidaria, nunca la percibí sectaria ni ajena a los debates de un proceso social, que dista mucho del que todos soñamos o incubamos, en los años felices de la búsqueda de la libertad y del conocimiento plural, que nos hacía “sabelotodo” porque de todo hablábamos, incursionábamos en todas las áreas, y era posible discutir un film de Pier Paolo Passolini o Ingmar Bergman, un poema de Rubén Darío o Walt Whitman, o graficar los cuentos de Guy de Maupassant o de Juan Bosch.
La Ligia Amada que yo conozco, es una mujer a quien el Poder no ha podido contaminar en su trabajo ni en su vida, cuando hablo con ella, no establezco distinción entre la maestra de la UASD y la Ministra de Educación Superior. Siempre abierta a cualquier disquisición, a dialogar, a reírnos, a ejercer un derecho irrenunciable a servir a los demás, sin hipotecar sus más caros ideales y su devoción por la figura histórica de Juan Bosch.
La Ligia Amada que yo conozco, trabaja incansablemente con los recursos disponibles, no participa de la publicidad engañosa, le basta su meticuloso trabajo, el mando efectivo de su política ministerial. Ahí la encontramos al pie del cañón, sin pausas ni veleidades. No concurre a los sorteos que el oportunismo político en todos los partidos realiza, para alzarse con “el santo y la limosna”. Sobria, seria, íntegra, coherente, honesta, un modelo de ciudadana que admiramos desde el otro brocal del acontecer y de la lucha política del Estado. Ella es, sin vacilaciones, una de mis funcionarias favoritas. Ante ella reflexiono, valoro su gestión sin mezquindades ni ruines objeciones. Como la insigne maestra, Ivelisse Prats Ramírez de Pérez, (con quien pacté abordar a Dios en el paraíso) y como Milagros Ortiz Bosch, Ligia Amada representa lo mejor del magisterio y de la responsabilidad al frente de políticas públicas del Estado dominicano.
En el plenario de viejos moldes seculares se hace imperioso profundizar en la reforma educativa, desbrozar una auténtica revolución, que inserte nuestros programas y planes en las exigencias de organismos internacionales calificados, en base a los compromisos del milenio, que vaya en auxilio de la formación de maestros, esencia determinante del cambio y del desarrollo humano. De la comprensión de esos retos, depende el  presente y futuro de la nación. Para Ligia esto es fundamental
La Ligia Amada que yo conozco, es mi profesora, es mi amiga, es mi compañera de hemiciclo,  de ese itinerario de utopías, que todavía relampaguea en el recuerdo más hermoso. Uno se cohíbe de decir algunas cosas, para que nadie ose confundirnos en ese festival de adulones y en esa morralla penosa, que la miel del Estado atrae irremisiblemente. Pero no. Hoy decidí hablar por ella, hablar de ella, algo en mí, minúscula partícula segmentada de cariño y gratitud, me obliga a decir estas cosas, es decir, a sacar de adentro, de mi aquelarre de duendes y oráculos, estas acústicas fulgurantes, estas viejas letras que son suyas y mías, desde hace tiempo.
Por Tony Raful ;-