viernes, 19 de agosto de 2016

Hacia una sociedad de individuos

La sociedad, como la conocemos en el ámbito de las agrupaciones humanas, encerrada en un espacio y tiempo determinados, tiene como pilar fundamental la cooperación entre sus integrantes, una acción de protección para el avance de la especie, la que no es exclusiva de los humanos y que ha permitido, por la confluencia de factores que van desde los actos reflejos de imitación, hasta las reglas explícitas, los bancos genéticos de información que nos convierten en semejantes.
Ocurre, sin embargo, que siendo semejantes no somos iguales, las destrezas y el conocimiento se reparten de manera desigual, dependiendo, en la mayoría de los casos, del ambiente que rodee a los individuos que componen determinado grupo humano.
Este ambiente da o quita oportunidades a los integrantes del conglomerado, de ahí que para crear sociedades más justas se promueva, más que la igualdad, la equidad, de suerte que los que tengan menos recursos disponibles para avanzar en sus metas, dispongan de un pie de amigo que asemeje la tabla rasa.
Esta equidad o tabla rasa, lo que pretende es poner en cero el arranque, o dar al minusválido ventaja que lo ponga en condiciones de competir hasta llegar, como los que no padecen de limitaciones físicas, hasta el objetivo definido. Viendo el asunto desde este ángulo, desde esta perspectiva progresista, todos, y cada uno, avanzan sin discriminación, lo que evita que se generen grandes diferencias en la sociedad, y digo grandes, porque las desigualdades se presentarán, aunque sea de forma excepcional, porque las particularidades conducen a episodios con nicho fijo en la comunidad.
La cooperación siempre deviene en solidaridad, y ésta viene a jugar un papel fundamental para evitar la marginalidad que se expresa a través de la pobreza. Este juego, complicado a partir de la aparición de la propiedad privada sobre los medios de producción, ha pretendido tener árbitros, sobre todo después que el Estado se construyó a base del surgimiento de las clases sociales, emergidas desde la privatización, y se puso al servicio de los que tienen el dominio económico.
Narrar los capítulos en que el Estado ha sido protagonista, como máxima expresión de organización de la sociedad, de historias de dominios de clases y de experimentos, como el modelo capitalista con esquema tributario progresivo, o el socialista en que la administración estatal distribuye todo, robarían parte de mi limitado espacio, aunque lo refiero para afirmar que en la coyuntura política actual se pretende, desde la administración de éste y por influencia de ONGs financiadas por gobiernos poderosos, desmontar la “sociedad comunitaria” por la de individuos.
La sociedad de los cangrejos, en la que los crustáceos pisan a los demás para subir, es la apuesta que encuentra canal en las leyes electorales que procuran derribar las plataformas colectivas, mediante el voto preferencial, la curul particular, el voto con padrón abierto, y toda suerte de conspiración para debilitar el sistema de partidos políticos.
Por Manolo Pichardo ;-