domingo, 19 de abril de 2015

Oposición visceral: casos Leonel y Hillary

Ambos pertenecen al club de los pesos pesados de la política de sus respectivos países; ambos han gravitado, en los últimos 20 años, de manera determinante sobre los acontecimientos políticos de sus respectivas naciones; él habiendo sido presidente tres veces, y ella, en principio como una dinámica e influyente primera dama, y luego como senadora, candidata presidencial y finalmente canciller. Ambos se encuentran en primera línea para ocupar la presidencia de sus países en el año 2016, y, como consecuencia de esta realidad, ambos enfrentan y continuarán enfrentando un fenómeno que solo conocen las figuras políticas de su dimensión: una oposición pasional, irracional e irremediablemente visceral.
La hostilidad es la norma  
Nadie se opone a Hillary Clinton de manera tímida, o retraída. Quienes la antagonizan lo hacen con determinación y convencimiento, de manera altisonantemente y estentórea, con la pasión propia de quienes han interiorizado y marinado sus preferencias o rechazos políticos a un grado tal que las mismas pasan a convertirse en posiciones de convicción personal. 
Le critican todo. Desde cómo viste hasta lo que come, pasando por cuestionar su calidad como madre y esposa, como mujer, y ni mencionar sus actuaciones y decisiones políticas. En definitiva, no hay nada que Hillary haga o diga que no arranque un vivaz e impetuoso reproche de quienes a veces dan la impresión solo viven para denostarla.
Con Leonel Fernández pasa algo similar. Las pasiones han expulsado de la arena del debate político cualquier atisbo de racionalidad u objetividad entre un núcleo de quienes le adversan. Todo cuanto hace o dice es escudriñado con voracidad y ahínco hasta encontrar terreno fértil que permita sembrar la crítica, la ridiculización y el denuesto. Con él, lo político ha migrado hacia lo personal, y de ahí que a veces se concluya que cuando se trate de contrariarlo no existen límites a respetar. Todo aquel que vierta alguna opinión que lo desdiga, lo cuestione a o que desafíe alguna posición vindicada por él, se convierte en una especie de héroe entre su horda opositora, sin importar las cualidades personales e intelectuales, la coherencia, ni la calidad moral de quién emita la crítica. 
A veces, tal como le sucede a Hillary, se podría llegar a pensar que esos sectores que les adversan constituyen mayorías que podrían dar al traste con sus aspiraciones políticas, ya que a ojos y oídos de cualquier ciudadano que esculque la opinión pública esporádicamente, la vocinglería de los omnipresentes opositores resulta estruendosa y resuelta. Pero quién así piensa no se percata de que lo único que tienen en común Hillary Clinton y Leonel Fernández no es que ambos son objeto de los embates de unos enérgicos y bullangueros detractores, sino, además, que ambos lideran las preferencias de cara a los procesos electorales del año 2016. 
¿Qué explica, entonces, que ambos enfrenten una oposición de esas características al tiempo que son punteros en las preferencias electorales?
Una parte de esta respuesta se halla en la propia pregunta: son objeto de una oposición intensa, precisamente, porque están colocados como favoritos en las contiendas presidenciales que se avecinan. Pero esa no es toda la respuesta. Lo que termina de explicar lo anterior son dos realidades consustanciales al poder allá donde exista. La primera, que el poder constituye un espacio finito y excluyente; y la segunda, la propiedad asociativa del poder.
El poder como espacio finito y excluyente
El poder político está claramente delimitado en cuanto a su morfología y espacio, al igual que por la transitoriedad intrínseca a su ejercicio. Esto quiere decir, por ejemplo, que solo puede haber un partido dominante, un presidente de la República y una cantidad fija de senadores y diputados, lo que convierte al poder en excluyente, ya que el espacio que ocupo yo, no puedes concomitantemente ocuparlo tú. También, el poder político siempre será protagonizado por actores efímeros que, como tal, tendrán que ser sustituidos, y es precisamente la incesante aspiración de los hoy secundarios que desean convertirse en primarios lo que constituye la llama que enardece la hoguera de la intriga política.
De lo anterior se concluye que el espacio político que ocupa Hillary Clinton o Leonel Fernández es un espacio que no pueden ocupar otros que aspiran a hacerlo, y que tras 20 años de verles en la palestra como protagonistas, ya consideran que su desplazamiento se hace necesario e inminente. De ahí que ambos ahora encuentren una resistencia más radicalizada que nunca, y aparentemente unificada en el propósito de cerrarles el paso, porque la virulencia de la oposición política siempre será directamente proporcional al tiempo que el actor en cuestión haya sido influyente y determinante en la esfera política. Esto también explica que encuentren rechazo y oposición entre antiguos colaboradores y seguidores, al punto tal que con ellos se pretenda implementar un nuevo modelo democrático, en donde se elimine el pilar fundamental de elegir y ser elegido y que simplemente se les deje fuera de la competencia, no por haber perdido, sino evitando que participen. Tanto en el Partido Demócrata como en el PLD, voces advierten de la “inconveniencia de sus candidaturas”, ya que las mismas “unificarían a la oposición” y resultarían “caras y trabajosas”. Como se ve, no importa que sea en el primer mundo, o en el tercero, que se trate de una mujer o un hombre, o de que sea en español o en inglés, los argumentos contra figuras políticas de esa magnitud y de esas características son siempre los mismos.
Propiedad asociativa del poder
Las asociaciones que inherentemente se hacen con todo aquel que haya transitado por el poder explican las adversidades que enfrentan actores políticos de ejercicios dilatados. Los resultados políticos que se obtienen del ejercicio del poder son transferibles a sus protagonistas, y por eso es que un gobierno malo termina siendo equivalente a un presidente malo, y viceversa. A lo largo del camino que representa participar en cuestiones de gobierno y Estado al más alto nivel, se irán erigiendo seguidores y detractores. Cuando se ha participado por más de 20 años se contarán muchos de unos y muchos de otros. Pero, por cuestiones propias del ser humano, ser crítico y destructivo siempre será más fácil que ser elogioso y constructivo. Lo natural es ser proactivo y retumbante en la denuncia y la recriminación, mas nunca en el laudo y el reconocimiento. De ahí que, sin serlos, los antagonistas de estas figuras políticas se sientan más fuertes y numerosos que sus adeptos. 
Ahora ¿por qué afirmo que sus antagonistas son menos que sus adeptos? Por lo que ya hemos establecido anteriormente: ambos lideran las preferencias electorales de cara al 2016
Las mayorías silentes y la demoscopia líquida
Las confusiones que genera esta aparente contradicción son múltiples, y de ahí que muchos no entiendan como subsisten estos “contrariados” liderazgos. Esto lleva a sacar conclusiones erradas, como el decir que tanto a Leonel como a Hillary se les acabó la suerte, y que en 2016 saldrán del escenario político derrotados para siempre. Quién atribuya a la suerte liderazgos de más de 20 años tiene poca capacidad de análisis.
Tanto Hillary como Leonel afrontan un argumento parecido en relación a sus supuestas altas tasas de rechazo, en el sentido de que las mismas podrían ser insuperables y ser las causantes de sus derrotas. Aquellos que apelan a este argumento, simplemente, desconocen la naturaleza líquida de la demoscopia. Para entender esto, algunos ejemplos: en abril de 2012 Hipólito Mejía presentaba una taza de rechazo de 60%, sin embargo obtuvo el 47% de los votos; Dilma Rousseff conquista su reelección con un 52% y hoy su rechazo anda por un 88%. A pesar de que a estas construcciones socio-políticas como la tasa de rechazo se les denomine “variables”, algunos continúan apelando a ellas como si sus dictamines estuviesen tallados en piedra y no fuesen inmutables.
Finalmente, a quién piense que la oposición visceral, pasional e irracional que afrontan figuras políticas como Hillary Clinton y Leonel Fernández son representativas de lo que en escenarios electorales será el sentir colectivo, huelga darle un consejo sustentado en lecciones históricas que no dejan de repetirse: no subestime el poder de lo que en 1969 el presidente Nixon llamó la mayoría silente. En ellos reside la “suerte” de los Hillary y los Leonel del mundo. 
Por Ricardo Pérez Fernández ;-


Continuemos observando...

El autor es economista y politólogo
@Ricardoperezfdez