viernes, 24 de abril de 2015

El silencio malicioso

En la autocensura personal se encuentra la pus más densa cuando la información se infecta.  Es muy difícil encontrar algo peor que ese silencio consabido. Ello porque coloca a quien se lo impone y asume  en un plano de complicidad por omisión consciente; connivente y solapada.  Al saber a qué obedece la actitud de quien calla a sabiendas se advierte que es más pernicioso que difundir como verdad algo que no es cierto, pretendiendo acreditarlo así sea a medias. Son dos, pues, las pátinas que manchan el eje ético de la comunicación social; la afirmación capciosa y mendaz, por un lado, y el taimado secreto intencional como alternativa sombría.
La sociedad, en verdad, no dejó de arriesgarse cuantas veces luchó por la sacralizada  libertad de expresión del pensamiento. Claro está, lo hizo porque era y sigue siendo el oxígeno crítico de la democracia y del estado de derecho; por ser enemiga jurada del autoritarismo es que los pueblos confían en su enorme utilidad.  No obstante, la conquista de ese derecho inmutable ha hecho frecuente que derive hacia la aberración del abuso agresivo y de indecentes excesos degradatorios.
El hecho es que la sociedad no le temió, ni le hizo caso, a lo que vino a ser un arma de doble filo, que ya genera signos preocupantes de nihilismo. No se previó la conversión de esa facultad tan valiosa como un látigo zahiriente fuera de control en sus azotes.
Pero si aquel desquiciante proceso de envilecimiento de ese derecho fundamental se supo hacer cargo del desasosiego público, ocurre que se hace peor y más dañoso cuando se inhibe o se retrae; cuando pasa a ser compañero de ruta de los “tabúes”, de “los enigmas”, de las “cosas intocables” con tal de que la sociedad no tenga el derecho a acceder al conocimiento, pese a estar matriculado como exigencia social el de  resultar bien informada. Así apareció la diabólica cabeza de la extorsión como “medio de vida”.
La idea debe de ser que la experiencia de la libre expresión del pensamiento permanezca inviolable siempre, aún cuando se haga uso antisocial de la misma; no temerle a su capacidad degradatoria y únicamente dedicarse al adiestramiento social  para lidiar con el escándalo siniestro.
Ahora bien, las cosas son diferentes cuando esa comunicación, tan enardecida y hazañosa en el insulto, obra como un escualo silencioso para brindarle a los peores “intereses especiales” el hueco de su mudez maliciosa.  Esa es la autocensura, que va más allá del pecado, porque disimula y oculta la existencia de cosas críticas que se han debido de conocer en plenitud para una orientación social adecuada.
Uno se pregunta, ¿cuál de las dos vertientes es más intolerable y peligrosa? En mi opinión, la peor es esta última, la autocensura, pues aunque se diga que se calla por “temor justificado”, “reservas de misteriosa prudencia”, resultan dominantes el oportunismo, el provecho y la conveniencia. Fútil resulta así tal alegato porque nada le impide malograr la palabra y hacerla parte de las sombras que no dejan ver cosas que han debido trascender lealmente. Todo con el agravante de que hay un ingrediente de inmoralidad que se suma a ese comportamiento detestable, el de dejar las cosas en manos del otro bandolero que es el rumor.
Es mucho lo que se pierde con esas dislocaciones de conducta; es grave el debilitamiento de la información que merece la sociedad, la cual está desesperadamente necesitada de alimentar una percepción pública consciente, especialmente, frente a los riesgos que puedan estar latentes y desconocidos, sólo durante cierto tiempo, para que progresen las maquinaciones contra su suerte.
En cuanto a lo otro, la mentira disfrazada de verdad, consuela saber que siempre se puede calar, evaluar, y según se ha visto, termina por desacreditarse: porque la sociedad va haciendo un entrenamiento, aunque muy empírico, capaz de dotarla de cierto desprecio por el sensacionalismo informativo, tan empapado como está de intriga. Esto aunque hay que admitir, ya, otra dimensión del peligro como es  la ayuda que se le presta a la efectividad del escándalo a través de esas vedettes veleidosas de las encuestas. Las medias verdades y las medias mentiras son reforzadas con gráficos y colorines de supuestos cálculos psicosociales;  ésto como una manera de bloquear la posibilidad de que el pueblo ponga oídos sordos a la maledicencia en medio de la saturación que se le impone como tormenta de falsedades con la que se procura catequizarle.
Volviendo al silencio de la autocensura, debo aclarar que me estoy refiriendo en ambos fenómenos a la comunicación social profesional, como oficio o dedicación cotidiana, donde ordinariamente los temas tienen como cantera las cuestiones de la Gobernanza, primordialmente de las áreas públicas, aunque no tanto cuando se trata del ámbito social aposentando los provechos risueños del lucro de los intereses especiales. Ni hablar de los peligros mayores de soberanía.
Todo lo anterior es bastante conocido, pero insisto, lo peor es el arcano que se monta  para mantener los temas fundamentales soterrados y recubiertos de un caparazón críptico que no permite relatarlos ni hacerlos conocer con la limpieza y plenitud a la que el pueblo tiene derecho de acceder.
Desde luego, no podría exponer estas ideas mías con el humor de aquel ícono de la comicidad mundial Groucho Marx, quien en una ocasión dijera: “Estas son mis ideas; si a ustedes no les gustan, yo se las cambio”.
Por Marino Vinicio Castillo R.;-